GUERRA

Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. Isaías 2:3-4

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Mateo 5:38-41

Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. Mateo 26:52

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Juan 18:36

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas. 2 Corintios 10:3-4

Yo no deseo ser un rey. No anhelo ser rico. Rechazo toda posición militar. Detesto la fornicación… Estoy libre de una sed excesiva por la fama. Desprecio la muerte… ¡Mueran al mundo, repudiando la locura que hay en él! ¡Vivan para Dios! Taciano (160 d.C.)

Nosotros que en otro tiempo nos matábamos ahora rehusamos hacer guerra contra nuestros enemigos. Justino Mártir (160 d.C.)

Lo siguiente fue escrito por un crítico pagano del cristianismo.

Quien pone en su mente semejante designio muestra por eso mismo que es ciego. (Ustedes, cristianos) apoyen al Emperador con todas sus fuerzas, compartan con él la defensa del Derecho; combatan por él, si lo exigen las circunstancias; ayúdenlo en el control de sus ejércitos. Por ello, cesen de huir de los deberes civiles y de rechazar el servicio militar; tomen su parte en las funciones públicas, si fuere preciso, para la salvación de las leyes y de la causa de la religión. Celso (178 d.C.)

En cambio, con la venida del Señor, un nuevo testamento se extendió por toda la tierra, según habían dicho los profetas, como una ley de vida que habría de reconciliar los pueblos en la paz: “Porque de Sion saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor. El juzgará a muchas naciones, convertirá las espadas en arados y las lanzas en hoces, y ya no se prepararán para la guerra”… Mas si la ley de la libertad, es decir la palabra de Dios que los apóstoles, saliendo de Jerusalén, anunciaron por toda la tierra, ha provocado tal transformación que las espadas y las lanzas se convierten en arados y en hoces que él nos ha dado para segar el trigo (es decir que los ha cambiado en instrumentos pacíficos), y en lugar de aprender a guerrear aquel que recibe un golpe pone la otra mejilla, entonces los profetas no han hablado de ningún otro, sino del que ha realizado estas cosas. Ireneo (180 d.C.)

No es en la guerra, sino en la paz en que estamos entrenados. Clemente de Alejandría (195 d.C.)

A los cristianos no les es permitido usar la violencia para corregir las faltas del pecado. Clemente de Alejandría (195 d.C.)

El que se ha comprometido a seguir a Cristo, debe elegir una vida sencilla, sin necesidad de servidores, y vivir el día. Porque no somos educados para la guerra, sino para la paz. Clemente de Alejandría (195 d.C.)

¿Será lícito seguir una profesión que emplea la espada, cuando el Señor proclama que ‘todos los que tomen la espada, a espada perecerán’? ¿Participará el hijo de la paz en la batalla, cuando ni siquiera conviene que lleve sus pleitos ante la ley? ¿Podrá usar la cadena, la cárcel, la tortura y el castigo, cuando ni siquiera se venga de la injusticia? Tertuliano (197 d.C.)

El Señor salvará a su pueblo en ese día, como a ovejas. Nadie les da el nombre de “ovejas” a los que caen en combate con las armas en la mano, o a los que son asesinados mientras repelen la fuerza con la fuerza. Más bien, este nombre les es dado únicamente a los que caen, entregándose a sí mismos en sus propios lugares de servicio y con paciencia, en lugar de luchar en defensa propia. Tertuliano (197 d.C.)

Si quisiéramos vengarnos, no como ocultos, sino declarados enemigos, ¿nos faltarían las fuerzas de numerosos soldados y de ejércitos? ¿Son más los mauros, los marcomanos, los partos que rebeló Severo, que los cristianos de todo el mundo? Estos bárbaros numerosos son, pero están encerrados en los límites de un reino; los cristianos habitan provincias sin fronteras. Ayer nacimos, y hoy llenamos el imperio: las ciudades, las islas, los castillos, las villas, las aldeas, los reales, las tribus, las decurias, el palacio, el Senado, el consistorio. Solamente dejamos vacíos los templos para ustedes. ¿Pues para qué lance de batalla no serían idóneos soldados los cristianos, aun con desiguales ejércitos, estando tan ejercitados en los combates de los tormentos en que se dejan despedazar gustosamente, si en la disciplina de la milicia cristiana no fuera más lícito perder la vida que quitarla? Tertuliano (197 d.C.)

A un soldado de la autoridad civil se le debe enseñar a que no mate a los hombres y a que se niegue a hacerlo si se le ordenara, y también a negarse a prestar juramento. Si él no está dispuesto a cumplir, se le debe rechazar para el bautismo. Un comandante militar o un juez de la corte que esté activo tienen que renunciar o ser rechazado. Si un candidato o un creyente busca convertirse en soldado, tendrá que ser rechazado por haber despreciado a Dios. Hipólito (200 d.C. d.C.)

Se ha suscitado ahora la cuestión acerca de si un creyente puede dedicarse al servicio militar, y si un militar puede ser admitido a la fe, incluidos los simples soldados y aquellos de grado inferior que no se ven obligados a ofrecer sacrificios y a administrar la pena de muerte. No hay compatibilidad entre el sacramento divino y el humano, entre la bandera de Cristo y la del demonio, entre el campo de la luz y el de las tinieblas. No puede un alma estar bajo dos obligaciones, la de Dios y la del César... Y aunque los soldados se presentaron a Juan y recibieron de él normas de conducta, aunque el centurión creyó, más adelante el Señor, al desarmar a Pedro desarmó a todo soldado. No nos está permitido a nosotros ningún modo de vida que lleva implicados actos ilícitos. Tertuliano (200 d.C.)

¿Qué tal si la ley de la naturaleza, o sea, la ley de Dios, manda que se haga lo que se opone a la ley escrita (del gobierno)? Hasta la propia lógica nos dice que nos despidamos del código escrito… y que nos entreguemos a nuestro Legislador, Dios. Esto es así aun cuando al hacerlo sea necesario que nos enfrentemos a peligros, a innumerables pruebas, y hasta la muerte y la deshonra. Orígenes (225 d.C.)

¿Cómo, pues, fue posible que el evangelio de paz, el cual no permite ni siquiera la venganza contra los enemigos, prevaleciera en todo el mundo, sino sólo porque con la venida de Cristo un espíritu más benigno fue introducido en todo el mundo? Orígenes (225 d.C.)

En ningún lugar [Cristo] enseñó que sus discípulos tienen el derecho de hacer violencia a nadie, por impío que fuera. Él dice que el matar a cualquier persona es contrario a sus leyes, las cuales son de origen divino. Si los cristianos hubieran surgido por medio de la revolución armada, no hubieran adoptado leyes tan clementes. [Estas leyes] ni siquiera permiten que resistan a sus perseguidores, ni cuando se los lleva al matadero como si fueran ovejas. Orígenes (248 d.C.)

En las dos citas siguientes, Orígenes responde a las críticas de Celso, el oponente de los cristianos.

Se nos insta que ‘ayudemos al rey con toda nuestra fuerza, que colaboremos con él en la preservación de la justicia, que peleemos por él, y si él lo exigiera, que peleemos en su ejército, o que mandemos un regimiento para apoyarlo.’ Respondemos que sí ayudamos a los reyes, cuando necesiten de nuestra ayuda, pero en una manera divina, vistiéndonos ‘con toda la armadura de Dios’. Esto hacemos obedeciendo lo que nos mandó el apóstol: ‘Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia’. Entre más uno se supera en la santidad, más puede ayudar a los reyes, aun más que los soldados que salen a pelear contra el enemigo y a matar a cuántos puedan. Orígenes (248 d.C.)

A aquellos enemigos de nuestra fe que quisieran exigir que tomáramos armas para defender el imperio y matar a los hombres, respondemos: ‘Los sacerdotes de ustedes que sirven [a sus dioses]... ¿no guardan sus manos de sangre para que puedan ofrendar los sacrificios estipulados a los dioses suyos con manos no manchadas y libres de la sangre humana?’ Aun cuando hay guerra cercana, ustedes no reclutan a los sacerdotes para sus ejércitos. Si ésta, pues, es costumbre alabada, ¿cuánto más deberían [los cristianos] servir como sacerdotes y ministros de Dios, guardando puras las manos, mientras otros se involucran en la batalla?... Con nuestras oraciones vencemos los demonios que incitan la guerra... En esta manera, prestamos más ayuda a los reyes que aquellos que salen a los campos de la batalla para luchar a su favor... Y no hay otro que luche a favor del rey más que nosotros. De cierto, rehusamos pelear por él aunque lo exigiera. Pero luchamos a favor de él, formando un ejército especial, un ejército de justicia, ofrendando nuestras oraciones a Dios. Y no lo hacemos con el objetivo de ser vistos por los hombres o por vanagloria. Ya que en secreto, y en nuestros corazones, nuestras oraciones ascienden a favor de nuestro prójimo, como si fuéramos sacerdotes. De manera que los cristianos son benefactores de su país más que las demás personas. Orígenes (248 d.C.)

El mundo entero está mojado con sangre. El homicidio se considera un delito, cuando lo comete un individuo; pero se considera una virtud cuando muchos lo cometen. Los hechos impíos [de la guerra] no se castigan, no porque no inculpan, sino porque la crueldad es cometida por muchos. Cipriano (250 d.C.)

Cuando Dios prohíbe que matemos, no sólo prohíbe la violencia condenada por las leyes humanas, también prohíbe la violencia que los hombres creen lícita. Por esta razón, no es lícito que el hombre justo participe en la guerra, ya que la justicia misma es su guerra. Tampoco le es [lícito] acusar a otro de delito con pena de muerte. Resulta lo mismo si la muerte se inflige por su palabra, o por su espada. Es el acto mismo de matar que se prohíbe. Por lo tanto, respecto a este precepto de Dios, no debe haber ninguna excepción. Es decir, nunca es lícito llevar a un hombre a la muerte, porque Dios lo ha hecho una creación sagrada. Lactancio (304-313 d.C.)

Cuando los hombres nos mandan que actuemos contrario a la ley de Dios, y contrario a la justicia, ninguna amenaza o castigo que nos sobrevenga debe disuadirnos. Por cuanto preferimos los mandamientos de Dios a los mandamientos del hombre. Lactancio (304-313 d.C.)

Si sólo Dios fuera adorado, no habría disensiones ni guerras; pues los hombres sabrían que todos somos hijos de un solo Dios. Lactancio (304-313 d.C.)

¿Cómo puede un hombre justo odiar, despojar y llevar a la muerte? No obstante, aquellos que luchan por servir a su país hacen todo esto… Cuando ellos hablan de los deberes relacionados a la guerra; sus palabras no corresponden a la justicia ni a la virtud verdadera. Lactancio (304-313 d.C.)

Hemos aprendido de sus enseñanzas y de sus leyes que el mal no se paga por el mal; que es mejor sufrir el mal que hacer el mal; que es mejor darnos para que se derrame nuestra sangre que mancharnos las manos y la conciencia al derramar la sangre de otros. Arnobio (305 d.C.)

No sería difícil demostrar que [después que se escuchó el nombre de Cristo en el mundo], las guerras no se incrementaron. De hecho, en realidad disminuyeron en gran medida al ser contenidas las pasiones violentas… A consecuencia de esto, unmundo ingrato ahora está disfrutando, y ha disfrutado durante un largo período, de un beneficio dado por Cristo. Ya que por medio de él, la furia de la crueldad brutal ha sido debilitada y las manos hostiles han comenzado a apartarse de la sangre de sus compañeros humanos. De hecho, si todos los hombres, sin excepción… prestaran atención por un momento a sus normas pacíficas y provechosas… el mundo entero estaría viviendo en la más pacífica tranquilidad. El mundo habría cambiado el uso del acero por usos más pacíficos y se habría unido en santa armonía, manteniendo intacta la inviolabilidad de todo tratado. Arnobio (305 d.C.)

VER TAMBIÉN CARGOS PÚBLICOS; NO RESISTENCIA; PATRIOTISMO

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