QUE HABLEN LOS PRIMEROS CRISTIANOS

EL RETO A LA IGLESIA DE HOY A LA LUZ DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO

Capítulo 5 ¿Por qué tuvieron éxito los primeros cristianos?

Hace unos años, cuando yo empecé a estudiar los escritos de los primeros cristianos, mi interés primordial era seguir el desarrollo histórico de la doctrina cristiana. Empecé la tarea como estudiante de la historia. No se me ocurrió que lo que iba a leer me inspiraría y me cambiaría. Pero no resultó como yo había pensado. Pronto el testimonio y la vida de los primeros cristianos me conmovieron profundamente. “Eso es lo que significa la entrega total a Cristo”, dije entre mí. Entre mis compañeros cristianos, muchos me tuvieron como cristiano con una entrega a Cristo más que ordinaria. Me dio pena darme cuenta de que en la iglesia primitiva me hubieran tenido por cristiano débil, con un pie en el mundo.

Mientras más leía, más me llenó el anhelo de disfrutar la comunión con Dios que los primeros cristianos disfrutaban. Cuánto deseaba yo poder deshacerme de los afanes de este mundo como ellos habían hecho. Cuánto deseaba amoldar mi vida y mis actitudes de acuerdo al ejemplo de Cristo—no de acuerdo al mundo del siglo veinte. Pero sentía que no tenía ningún poder para hacerlo. ¿Por qué podían ellos hacer lo que yo no podía hacer? Empecé a buscar la respuesta a esta pregunta en sus escritos. Poco a poco vi tres puntos:
•?El apoyo de los hermanos de la iglesia primitiva
•?El mensaje de la cruz
•?La creencia que el hombre comparte con Dios la responsabilidad para la obediencia

Cómo la iglesia primitiva fomentó el desarrollo espiritual de cada cristiano

“Ningún hombre es una isla”,1 escribió el poeta inglés del siglo decimosexto. Los hombres somos por naturaleza seres sociables. Por eso nos es tan difícil oponernos a la corriente de nuestra cultura. Pero otros lo han hecho. La verdad es que muchas personas han rechazado los valores y el estilo de vida de su cultura. Tenemos un buen ejemplo de esto en el movimiento “hippie” de la década de los sesentas. En esos años, millares de jóvenes—la mayoría de ellos de la clase mediana—rechazaron el materialismo y las modas de la sociedad y siguieron otro camino. ¿Por qué estos jóvenes pudieron romper con la sociedad y desconformarse a su estilo de vida? La respuesta la entendemos cuando nos damos cuenta de que no eran en realidad inconformistas. Sencillamente se conformaban a otra cultura que ellos mismos crearon. Y todos se apoyaban los unos a los otros. Esto era uno de los secretos de los primeros cristianos. Ellos lograron rechazar las actitudes, prácticas y diversiones impías de su cultura porque se conformaron a otra cultura. Millares y millares de cristianos se unieron y todos compartieron los mismos valores, las mismas actitudes, y las mismas normas para la diversión. Todo lo que el cristiano individual tenía que hacer era conformarse. Se conformaba con el cuerpo de creyentes. Sin el apoyo de la iglesia primitiva, hubiera sido mucho más difícil mantener una vida piadosa.

Cipriano observó: “Corta una rama del árbol, y ya no podrá brotar más. Corta el riachuelo de su manantial, y pronto se secará.”2

Pero los primeros cristianos no trataron de legislar la justicia, aunque muchos grupos cristianos desde entonces han tratado de hacerlo. Al contrario, dependieron de la enseñanza sana y del ejemplo de rectitud para producir la justicia. Los grupos religiosos que dependen sólo de muchas normas detalladas para producir la santidad personal puedan resultar produciendo más bien el fariseísmo. Por eso, la iglesia primitiva destacó la necesidad de cambiar comenzando desde el corazón. Consideraban que lo externo nada valía, a menos que reflejara lo que sucedía dentro de la persona. C

lemente lo explicó de esta forma: “Dios no corona a aquellos que se abstienen de lo malo sólo por obligación. Es imposible que una persona viva día tras día de acuerdo a la justicia verdadera excepto de su propia voluntad. El que se hace ‘justo’ bajo obligación de otro no es justo en verdad… Es la libertad de cada persona la que produce la verdadera justicia y revela la verdadera maldad.”3

Por ejemplo, a pesar de la enseñanza de la iglesia primitiva acerca del vestir sencillo, no exigieron que el cristiano individual se vistiera de una manera especial o distintiva. Y los primeros cristianos no todos se vistieron igual. Aunque los primeros cristianos se opusieron a los cosméticos, no todas las mujeres cristianas dejaron de usarlos. Otros cristianos pasaron por alto el consejo de los ancianos de la iglesia primitiva y asistieron al teatro y a la arena. Y la iglesia no los castigó por su desobediencia. Sin embargo, el método de la iglesia daba resultado. Aun los mismos romanos testificaban que la mayoría de los primeros cristianos siguieron las guías de la iglesia en tales asuntos.4

De hecho, la iglesia primitiva puede enseñar por medio del ejemplo eficazmente sólo si la misma iglesia se ha conformado a las enseñanzas de Cristo. De otra manera, el ejemplo de la iglesia primitiva serviría de tropiezo y no de ayuda. Por ejemplo, ¿cuál sería la actitud de los demás cristianos hoy hacia uno que se hiciera de veras pobre para ayudar a otros? ¿O hacia uno que se vistiera con toda sencillez y modestia, sin tomar en cuenta la moda? ¿O que no mostrara nada de interés en los deportes violentos de la actualidad? ¿O que rehusara mirar la televisión y asistir a los cines cuando éstos se concentran en la inmoralidad o cuando reciben su picante de palabrotas y violencia gráfica? Seamos honrados. ¡Tal persona sería tenida por fanático! Ahora más, si un grupo entero de cristianos viviera de esta manera, probablemente se les calificaría como una secta muy rara. En fin, la iglesia del siglo veinte vería a tales cristianos de la misma manera que los romanos veían a los primeros cristianos. Si el cristiano actual viviera como los primeros cristianos, tendría que ser en verdad un inconformista. Y vuelvo a decir que es muy difícil ser un inconformista.

Pastores graduados de la escuela de la vida

La entrega a Cristo de todos los primeros cristianos de la iglesia primitiva refleja la calidad de sus líderes. La mayoría de las iglesias evangélicas de hoy en día están gobernadas por un pastor en unión con una junta de ancianos y quizás una junta de diáconos. Normalmente, el pastor ha tenido su preparación profesional o hasta ha recibido su título de seminario, pero no fue criado en la iglesia que lo llama a ser pastor. A menudo no tiene ningún poder de gobernar en la iglesia excepto el poder de la persuasión.

La junta de ancianos o la de diáconos, por lo general, se forma de hombres que trabajan una jornada completa en empleos seculares. Administran los programas y los asuntos financieros de la iglesia, y muchas veces fijan hasta la política de la iglesia. Pero de costumbre nadie corre a ellos para recibir consejos espirituales. No son los pastores del rebaño espiritual. Sí, usamos los mismos nombres para los líderes de la iglesia como los que usaban los primeros cristianos. Hablamos de ancianos y de diáconos. Pero en realidad el método de gobernar nuestras iglesias difiere mucho del método de las iglesias primitivas. En vez de tener un pastor preparado profesionalmente, entre ellos los ancianos todos eran pastores que dedicaban su tiempo a la obra de la iglesia. El anciano mayor de edad o tal vez el más capacitado servía como el presidente de los ancianos. Generalmente se le llamaba el obispo o el supervisor de la congregación. Ni el obispo ni los ancianos eran desconocidos, traídos a la congregación de otra parte. Normalmente habían pasado muchos años en la congregación. Todos conocían sus puntos fuertes y también sus puntos flacos.

Además, no se preparaban para servir como obispos o ancianos por medio de estudiar en un instituto bíblico o seminario, llenando sus cabezas de ciencia. La congregación no buscaba tanto una ciencia profunda sino una espiritualidad profunda. ¿Vivían cerca de Dios? ¿Habían dado ya por años un buen ejemplo a otros cristianos? ¿Estaban dispuestos hasta a dar su vida por Cristo? Como Tertuliano dijo a los romanos: “Nuestros ancianos son hombres probados. Obtienen su posición no por un sueldo, sino por firmeza de carácter.”5

En aquel tiempo no había seminarios. Un hombre aprendía lo necesario para servir como anciano en la escuela de la vida. Recibía su preparación de los ancianos con más experiencia. Aprendió cómo andar con Dios y pastorear en la iglesia por observar e imitar su ejemplo. Recibió la experiencia práctica guiado por ellos, y no tuvo que hacer todo perfectamente. Tenía que ser capaz de enseñar por medio de su ejemplo tanto como por medio de su palabra. De otra manera no sería llamado jamás para ser anciano u obispo.

Lactancio explicó la diferencia entre los maestros cristianos y los paganos así:

“Hablando de aquel que enseña los fundamentos de la vida y amolda la vida de otros, hago la pregunta: ‘¿No es necesario que él mismo viva de acuerdo con los fundamentos que enseña?’ Si no vive de acuerdo con lo que enseña, su enseñanza resulta nula… Su alumno le contestará así: ‘No puedo hacer lo que usted me enseña, porque es imposible. Me enseña a no enojarme. Me enseña a no codiciar. Me enseña a no lujuriar. Me enseña a no temer el sufrimiento y la muerte. Pero todo esto está muy contrario a la naturaleza. Todos los hombres sienten estos deseos. Si usted está convencido de que es posible vivir contrario a los deseos naturales, primero permítame ver su ejemplo para que yo sepa que en verdad es posible.’…¿Cómo podrá [el maestro] quitar este pretexto de los obstinados, a no ser con su ejemplo? Sólo así podrán sus alumnos ver con sus propios ojos que lo que enseña es en verdad posible. Es por eso mismo que nadie vive de acuerdo con las enseñanzas de los filósofos. Los hombres prefieren el ejemplo a solo palabras, porque fácil es hablar—pero difícil actuar.”6

En una de sus cartas, Cipriano describe la manera en que las iglesias primitivas escogían a un anciano u obispo nuevo: “Será escogido en la presencia de todos, bajo la observación de todos, y será probado digno y capaz por el juicio y testimonio de todos… Para tener una ordenación apropiada, todos los obispos de las demás iglesias de la misma provincia deben reunirse con la congregación. El obispo debe ser escogido en la presencia de la congregación, ya que todos conocen a fondo su vida y sus hábitos.”7

Una vez escogido un anciano u obispo, por lo general quedaba en esa congregación por toda su vida, a menos que la persecución le obligara a trasladarse a otra parte. No servía unos tres o cuatro años sólo para trasladarse a otra congregación más grande donde le podían pagar mejor. Y como dije anteriormente, no sólo el obispo sino mucho más todos los ancianos dedicaban todo su tiempo a su trabajo como pastor y maestro. Se dedicaban totalmente al rebaño. Se esperaba que dejaran cualquier otro empleo, a menos que la congregación fuera muy pequeña como para sostenerlos.

Tenemos copias de varias cartas enviadas entre dos congregaciones cuando surgió la pregunta de qué hacer cuando un anciano fue nombrado como ejecutor testamentario en el testamento de un cristiano difunto. Bajo la ley romana, no había salida para el que fue nombrado como ejecutor testamentario. Tenía que servir, quisiera o no quisiera. Y el trabajo podía exigir mucho tiempo. El anciano que escribió la carta se escandalizó de que un cristiano nombrara a un anciano como ejecutor testamentario, porque esos deberes le quitarían el tiempo de su obra como pastor. De hecho, todos los ancianos se escandalizaron.8

Imagínese el cuidado espiritual que recibieron los primeros cristianos de sus pastores. En cada congregación de entonces había varios ancianos cuya única preocupación era el bienestar espiritual de su congregación. Con tantos pastores trabajando todo el tiempo en la congregación, cada miembro sin duda recibió el máximo de atención personal.

Pero para servir como anciano u obispo en la iglesia primitiva, un hombre tenía que estar dispuesto a dejarlo todo por Cristo. Lo primero que dejaba era sus posesiones materiales. Dejaba su empleo y el salario con que sostenía a su familia. Y no lo dejaba para luego recibir un buen salario de la congregación. De ninguna manera. Sólo los herejes pagaban un salario a sus obispos y ancianos. En las iglesias primitivas los ancianos recibían lo mismo que recibían las viudas y los huérfanos. Usualmente, recibían las cosas necesarias para la vida, y muy poco más.9

Pero sacrificaban esos ancianos más que sólo las cosas materiales del mundo. Tenían que estar dispuestos de ser los primeros en sufrir encarcelaciones, torturas, y hasta la muerte. Muchos de los escritores que cito en este libro eran ancianos u obispos, y más de la mitad de ellos sufrieron el martirio: Ignacio, Policarpo, Justino, Hipólito, Cipriano, Metodio, y Orígenes. Con tal entrega de parte de sus líderes, no es difícil ver por qué los cristianos ordinarios de esa época se dedicaron a andar con Dios y a evitar la norma del mundo.

Un pueblo de la cruz

Nadie quiere sufrir. Hace poco leí un informe de la opinión del pueblo americano acerca del déficit nacional. Casi todos los que daban su opinión deseaban que se rebajara el déficit. Pero a la vez, el 75 por ciento se opusieron a cualquier aumento de los impuestos o a cualquier rebaja de los gastos. En otras palabras, querían rebajar el déficit sin sufrir.

¡Sin sufrir! También deseamos un cristianismo que no requiere sufrimiento. Pero Jesús dijo a sus discípulos: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10.38-39). A pesar de estas palabras del Señor, no muchos quieren hablar hoy de la cruz. Cuando predicamos el evangelio a los incrédulos, rara vez hablamos de las palabras de Cristo acerca de tomar cada persona su cruz. Al contrario, dejamos la impresión que después de aceptar a Cristo, la vida será para siempre un deleite.

En la iglesia primitiva, los creyentes oyeron otro mensaje: ser cristiano los involucraría en sufrimiento. Son típicas las siguientes palabras de Lactancio: “El que escoge vivir bien en la eternidad, vivirá en la incomodidad aquí. Será oprimido por muchas clases de problemas y cargos mientras viva en el mundo, para que en el fin reciba la consolación divina y celestial. De la otra manera, el que escoge vivir bien aquí, sufrirá en la eternidad.”10 Jesús había hecho un contraste parecido entre el camino angosto y estrecho que conduce a la vida, y el camino ancho y espacioso que conduce a la destrucción (Mateo 7.13-14).

Ignacio, obispo de Antioquía y un compañero del apóstol Juan, fue aprehendido por su testimonio cristiano. Mientras viajaba rumbo a Roma para su juicio y martirio, escribió cartas de ánimo y exhortación a varias congregaciones cristianas. A una congregación escribió: “Por tanto, es necesario no sólo que uno sea llamado cristiano, sino que sea en verdad un cristiano… Si no está dispuesto a morir de la misma manera en que murió Cristo, la vida de Cristo no está en él”11 (Juan 12.25). A otra escribió: “Que traigan el fuego y la cruz. Que traigan las fieras. Que rompan y se disloquen mis huesos y que corten los miembros de mi cuerpo. Que mutilen mi cuerpo entero. En verdad, que traigan todas las torturas diabólicas de Satanás. ¡Que permitan sólo que alcance a Jesucristo!… Quisiera morir por Jesucristo más bien que reinar sobre los fines del mundo entero.”12 Pocos días después de escribir estas palabras, Ignacio fue llevado ante un gentío que gritaba en la arena de Roma, donde le despedazaron las fieras.

Cuando un grupo de cristianos de su congregación se pudrían en una mazmorra romana, Tertuliano los exhortó con estas palabras: “Benditos, estimen lo difícil en su vida como una disciplina de los poderes de la mente y del cuerpo. Pronto van a pasar por una lucha noble, en la cual el Dios viviente es su gerente y el Espíritu Santo su entrenador. El premio es la corona eterna de esencia angélica—ciudadanía en el cielo, gloria sempiterna.” También les dijo: “La cárcel produce en el cristiano lo que el desierto produce en el profeta. Aun nuestro Señor pasó mucho tiempo a solas para que tuviera mayor libertad en la oración y para que se alejara del mundo… La pierna no siente la cadena cuando la mente está en el cielo.”13

Pero la mayoría de los creyentes no necesitaban ninguna advertencia sobre lo que pudieran tener que sufrir. Ellos mismos lo habían visto. En verdad, esto mismo—el ejemplo de millares de cristianos que soportaban el sufrimiento y la muerte antes de negar a Cristo—llegó a ser uno de los métodos más poderosos del evangelismo.

En su primera apología, Tertuliano recordó a los romanos que su persecución servía sólo para fortalecer a los primeros cristianos. “Entre más nos persigan ustedes, más crecemos nosotros. La sangre de los cristianos es una semilla… Y después de meditar en ello, ¿quién habrá entre ustedes que no quisiera entender el secreto de los cristianos? Y después de inquirir, ¿quién habrá que no abrace nuestra enseñanza? Y cuando la haya abrazado, ¿quién no sufrirá la persecución de buena voluntad para que también participe de la plenitud de la gracia de Dios?”14

Hoy hay quienes hablan del “evangelio completo”. Para ellos esto significa ser “pentecostal” o “carismático”. No obstante, uno de los problemas en nuestras iglesias hoy es que casi nunca oímos la predicación del evangelio completo—seamos o no seamos carismáticos. Oímos sólo de las bendiciones del evangelio; pocas veces oímos el mensaje de sufrir por Cristo.

Estamos tan alejados del mensaje de la iglesia primitiva que ni siquiera entendemos lo que significa sufrir por Cristo. Hace pocos años escuché un sermón sobre el siguiente versículo en 1 Pedro 4.16: “Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello”. El pastor comentó que la mayoría de los cristianos no tienen ningún concepto de lo que significa padecer como cristiano.

Después del culto, yo estaba hablando con el pastor cuando un diácono se acercó y agradeció al pastor por el mensaje. Dijo que estuvo de acuerdo que muchos cristianos no entienden lo que significa sufrir por ser cristianos. Sin embargo, prosiguió diciendo que él lo entendía exactamente. Y luego describió el dolor y el sufrimiento que él había experimentado hacía unos años cuando tuvo una cirugía. Al salir de la iglesia, me maravillé de cuán exactamente el diácono había ilustrado el punto de que el pastor había hablado. En verdad no entendemos lo que significa sufrir por ser cristianos. Creemos que cuando soportamos las tribulaciones comunes que cualquier persona puede pasar, eso es sufrir por Cristo. Claro, hay maneras de llevar nuestra cruz más que sólo soportar la persecución. Clemente comentó que para algunos cristianos la cruz puede representar el soportar el matrimonio con un cónyuge incrédulo, u obedecer a padres incrédulos, o sufrir como un esclavo bajo un amo pagano. Aunque tales situaciones pudieran traer mucho sufrimiento, tanto emocional como físico, no son nada en comparación para aquel que se ha preparado para soportar la tortura y hasta la muerte por Cristo (Romanos 8.17; Apocalipsis 12.11).

Aunque los primeros cristianos soportaban matrimonios difíciles con incrédulos, millares de cristianos hoy se divorcian de sus cónyuges creyentes sin pensar, sólo porque su matrimonio tiene algunas fallas. Tales personas prefieren desobedecer a Cristo antes de soportar un sufrimiento temporal. Varios cristianos me han dicho que ya no soportaban más vivir con su cónyuge porque tenían discusiones todos los días. Me pregunto qué respuesta darán tales personas en el día del juicio final cuando se encuentran ante mujeres y hombres cristianos de los primeros siglos que pudieron soportar que se les sacaran los ojos con hierros candentes, o que se les arrancaran los brazos del cuerpo, o que se les degollaran vivos. ¿Por qué aquellos primeros cristianos tenían poder para soportar semejantes torturas terribles, y a nosotros nos falta el poder para aguantar siquiera un matrimonio difícil? Tal vez es porque no hemos aceptado nuestra responsabilidad de llevar la cruz.

Hace unos años, una mujer cristiana contemplaba divorciarse de su marido porque no podían llevarse bien. Con los ojos llenos de lágrimas, me dijo: “Yo no quiero vivir de esta forma el resto de mi vida”. Después, reflexioné en sus palabras: “el resto de mi vida”. Pensé también en las ocasiones en que yo había usado las mismas palabras. Estas palabras revelaron algo de mí: el cielo no me era una realidad, por lo menos no como la vida en la tierra. Los primeros cristianos aceptaron el mensaje de sufrir por Cristo porque sus ojos estaban puestos en la eternidad. No pensaban en sufrir “el resto de su vida”. Pensaban en sufrir no más de unos cincuenta o sesenta años. ¡Y el resto de su vida la pasarían en la eternidad con Jesús! Comparadas con semejante futuro, las tribulaciones del presente parecían insignificantes. Como Tertuliano, supieron que “la pierna no siente la cadena cuando la mente está en el cielo”.

¿Somos los hombres capaces de obedecer a Dios?

Los primeros cristianos no procuraron vivir tales vidas piadosas sin la ayuda de Dios. Sabían que ellos mismos no tenían el poder necesario. De hecho, todos entendemos esto. Y los cristianos, de cualquier denominación, a través de los siglos siempre supieron que necesitaban del poder de Dios para poder obedecer sus mandamientos.

Supongo que nadie que ha decidido servir a Dios excluye a sabiendas la ayuda de Dios de su vida. Sin embargo, lo que sucede a menudo puede ser algo semejante a lo siguiente: Al principio, andamos cerca de Dios, dependiendo de su poder. Pero con el tiempo empezamos a deslizarnos y alejarnos de Dios. Generalmente, este proceso comienza en el corazón; por fuera actuamos lo mismo. Aunque actuamos como si dependiéramos de Dios, nuestras oraciones se vuelven formales. Leemos las Escrituras, pero nuestra mente está pensando en otras cosas. Al fin, hallamos que estamos dependiendo del todo en nuestra propia fuerza.

El problema no está en que la iglesia no predica acerca de la necesidad de depender de Dios. En verdad, muchos cristianos evangélicos enseñan que no somos capaces de hacer nada bueno por nosotros mismos. Pero si nosotros sencillamente no podemos obedecer a Dios, nada podemos hacer acerca de nuestras desobediencias excepto orar a Dios para que nos haga personas obedientes. Mas en verdad, ¿sirve eso?

Yo recuerdo mi emoción cuando por primera vez oí un sermón que explicó que no somos capaces de hacer nada bueno por nuestro propio poder, que sólo Dios puede hacer lo bueno a través de nosotros. Nosotros solamente tenemos que pedir a Dios que mejore nuestras fallas y venza nuestros pecados. “Ah, ése es el secreto”, dije entre mí. No podía esperar para llevar esa idea a la práctica, sencillamente dejando que Dios cambiara mis fallas y quitara mis pecados. Oré de corazón que Dios hiciera eso mismo. Lo entregué todo a Dios. Luego me puse a esperar. Pero nada pasó. Oré más. Pero no hubo ningún cambio.

Al principio creía que el problema era sólo mío. ¿Eran sinceras mis oraciones? Al fin hablé privadamente con otros cristianos del asunto y me di cuenta de que no era sólo mío el problema. Otros no habían obtenido mejores resultados que los míos.
—Entonces ¿por qué ustedes dicen siempre que Dios milagrosamente quita nuestras fallas y nos hace personas obedientes? —les pregunté.
—Porque así debe de ser —me contestaron.
Entonces supe que muchos cristianos tenían temor de expresarse y admitir que esa enseñanza no producía resultados. Temían que sólo para ellos no servía, y que todos los demás habían hallado gran bendición por medio de sus oraciones. Temían lo que otros pudieran decir, y se quedaron callados, no exponiendo sus fracasos y frustraciones.

No puedo decir que nadie jamás recibiera ayuda al sólo orar y esperar que Dios le cambiara. Lo que sí digo que para mí no me sirvió, y en la historia de la iglesia primitiva no ha servido tampoco. Esta doctrina tiene su origen en Martín Lutero. El enseñó que somos completamente incapaces de hacer algo bueno, que tanto el deseo y el poder de obedecer a Dios vienen sólo de Dios. Estas eran doctrinas fundamentales de la reforma en Alemania, pero no produjeron una nación de cristianos alemanes, obedientes y piadosos. En verdad, produjeron todo lo contrario. La Alemania de Lutero llegó a ser una sentina de borrachera, inmoralidad y violencia. El esperar pasivo que Dios obrara no produjo ni una iglesia piadosa ni una nación piadosa.15

Los primeros cristianos enseñaron todo lo contrario. Nunca enseñaron que el hombre es incapaz de hacer lo bueno o de vencer el pecado en su vida. Ellos creían que bien podemos servir a Dios y obedecerle. Pero primero falta que tengamos un amor profundo por Dios y un respecto profundo por sus mandamientos. Así lo explicó Hermes: “El Señor tiene que estar en el corazón del cristiano, no solamente sobre sus labios.”16 A la vez, los primeros cristianos nunca enseñaron que uno pueda vencer todas sus debilidades y seguir obedeciendo a Dios día tras día sólo en su propio poder. Sabían que les faltaba el poder de Dios. Pero ellos no esperaban tranquilos mientras Dios, supuestamente, hacía toda la obra en ellos.

Ellos creyeron que nuestro andar con Dios es obra de ambos partidos. El cristiano mismo tiene que estar dispuesto a sacrificarse, poniendo toda su fuerza y toda su alma a la obra. Pero también necesitaba depender de Dios. Orígenes lo explicó así: “Dios se revela a aquellos que, después de dar todo lo que puedan, confiesan su necesidad de su ayuda”.17

Los cristianos de los primeros siglos creían que el cristiano tenía que anhelar fervientemente la ayuda de Dios, y buscarla. No sólo tenía que pedir a Dios su ayuda una vez, tenía que persistir en pedirle. Clemente enseñó a sus alumnos: “Un hombre que trabaja solo para libertarse de sus deseos pecaminosos nada logra. Pero si él manifiesta su afán y su deseo ardiente de eso, lo alcanza por el poder de Dios. Dios colabora con los que anhelan su ayuda. Pero si pierden su anhelo, el Espíritu de Dios también se restringe. El salvar al que no tiene voluntad es un acto de obligación, pero el salvar al que sí tiene voluntad es un acto de gracia.”18

Así vemos que entendieron que la justicia resulta de la obra mutua, la del hombre y la de Dios. Hay poder sin límite de parte de Dios. La clave está en poder utilizar ese poder. El anhelo ferviente tiene que nacer del mismo cristiano. Comentó Orígenes sobre eso, que no somos zoquetes de madera que Dios mueve a su capricho.19 Somos humanos, capaces de anhelar a Dios y de responderle a él. Y al referirse a ese anhelo nuestro, Clemente no se refería a un anhelo sencillo. Mucho más, él dijo que tenemos que estar dispuestos a sufrir “persecuciones interiores”. El mortificar a nuestros deseos carnales no va a ser fácil, y si no estamos dispuestos a sufrir en el corazón, luchando contra nuestros pecados, Dios no va a brindarnos el poder de vencerlos20 (Romanos 8.13; 1 Corintios 9.27).

Algunas personas podrán molestarse por esta enseñanza de los primeros cristianos. Pero como dijo Jesús: “Aunque no me creáis a mí, creed a las obras” (Juan 10.38). Antes de menospreciar la enseñanza de aquellos cristianos, tenemos que proponer otra buena explicación de su poder. No podemos negar el hecho de que tenían un poder extraordinario. Aun los romanos paganos tenían que admitir eso. Como Lactancio declaró: “Cuando la gente ve que hay hombres lacerados de varias clases de torturas, pero siempre siguen indomados aun cuando sus verdugos se fatigan, llegan a creer que el acuerdo entre tantas personas y la fe indómita de los moribundos sí tiene significado. [Se dan cuenta de] que la perseverancia humana por sí sola no podría resistir tales torturas sin la ayuda de Dios. Aun los ladrones y hombres de cuerpo robusto no pudieran resistir torturas como éstas… Pero entre nosotros, los muchachos y las mujeres delicadas—por no decir nada de los hombres—vencen sus verdugos con silencio. Ni siquiera el fuego los hace gemir en lo mínimo… Estas personas— los jóvenes y el sexo débil—soportan tales mutilaciones del cuerpo y hasta el fuego aunque hubiera para ellos escape. Fácilmente pudieran evitar estos castigos si así lo desearan [al negar a Cristo]. Pero lo soportan de buena voluntad porque confían en Dios.”21

No hemos visto toda la historia

Resumiendo, la iglesia de hoy puede aprender varias lecciones valiosas de los primeros cristianos. Tres factores los ponían en condiciones para vivir como ciudadanos de otro reino, como un pueblo de otra cultura: (1) La iglesia los apoyaba; (2) el mensaje de la cruz; y (3) la creencia que el hombre tiene que colaborar con Dios para poder alcanzar la santidad de vida. Yo hubiera podido terminar aquí este libro, y hubiera sido un retrato inspirador de los cristianos históricos. Pero en tal caso hubiera relatado sólo la mitad de la historia. La historia completa necesita decirse. Con todo, le advierto de antemano que el resto de la historia pueda dejarlo inquieto. A mí me dejó así.

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