Agustín de hipona: apologista del híbrido

El Imperio Romano se estaba desmoronando. La Iglesia se estaba hundiendo en el mundo, en lugar de trastornar el mundo. De manera que el reino de Dios necesitaba urgentemente a un Pablo o a un Juan el Bautista que de manera audaz le hiciera frente y desafiara a todo el híbrido constantiniano. Sin embargo, lo que la Iglesia consiguió fue más bien el principal defensor del híbrido que haya existido. Su nombre era Agustín.

Agustín fue un hombre muy característico de su época; él aceptó totalmente el híbrido constantiniano y los cambios que éste había traído a la Iglesia. Él fue un apologista muy capaz a favor del híbrido y, desafortunadamente, no hubo ningún vocero talentoso a favor del reino. Por tanto, naturalmente, los argumentos de Agustín prevalecieron.

Pero Agustín hizo mucho más que sólo defender el híbrido. Él también trató de defender el cristianismo ortodoxo contra las afirmaciones de los herejes, tales como los gnósticos. Su método consistió en escuchar la posición de su adversario y luego adoptar exactamente la posición contraria para contraatacarla.

Para ilustrar esto mejor, representemos una de las doctrinas apostólicas con el color verde, el cual se obtiene de mezclar el azul con el amarillo. Y representemos el punto de vista herético de esta misma doctrina con el color azul. El hereje tiene una parte de la verdad, ya que el verde consta en parte del azul. Sin embargo, el hereje no ha comprendido toda la verdad. Él ha alterado la doctrina apostólica al omitir una parte esencial de ella; la parte amarilla.

Ahora bien, el método de Agustín no consistió en traer a su adversario de regreso a la plenitud de la doctrina apostólica, representada por el color verde. No, Agustín sencillamente se colocaba en el extremo opuesto y argumentaba que el asunto no era azul en ninguna manera, sino que realmente era amarillo. De ese modo, él rehusaba reconocer que su adversario tenía al menos un poco de razón. Y este método fue muy eficaz como medio para ganar las discusiones.

Agustín pudo haber ganado las discusiones, pero al hacerlo anuló el cristianismo bíblico histórico. El amarillo es nada más la mitad de la fe apostólica (verde) así como lo es el azul.

Permítame darle dos ejemplos de lo que quiero decir.

Agustín contra los gnósticos

El gnosticismo estuvo entre las primeras herejías que el cristianismo enfrentó. El gnosticismo enseñaba que el mundo material era malo, pues había sido creado por una deidad distinta que el Dios del Nuevo Testamento. Para apoyar su posición, los gnósticos destacaban el hecho de que las enseñanzas de Jesús eran diferentes a las de Moisés. Por ejemplo, el Dios del Antiguo Testamento les había mandado a los israelitas ir a la guerra, pero Jesús les decía a sus discípulos que amaran a sus enemigos. Lógicamente, muchos gnósticos aceptaban las enseñanzas del reino de Jesús, pero rechazaban todo el Antiguo Testamento por considerar que era la obra de otro dios. Ellos hasta negaban que el Hijo de Dios se hubiera hecho hombre.

Los primeros escritores cristianos, tales como Ireneo y Tertuliano, ya habían defendido en una forma muy capaz el cristianismo histórico frente a las enseñanzas del gnosticismo. Estos primeros defensores de la fe argumentaron que no había ningún Dios nuevo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Únicamente había una progresión de la revelación del uno al otro. La ley de Moisés había sido una guía que preparó a los israelitas para Cristo. Las enseñanzas de Jesús eran la meta final para la cual la ley estaba preparando a los israelitas.

Sin embargo, estos argumentos no concordaban con el híbrido constantiniano. Como ya hemos debatido, el híbrido era básicamente una combinación de la teología del Nuevo Testamento con la moralidad y el estilo de vida del Antiguo Testamento. Reconocer que el Nuevo Testamento introducía nuevas y mayores leyes morales que el Antiguo Testamento significaba reconocer que el híbrido estaba equivocado. Y tal idea no servía.

Por esta razón, Agustín les respondió a los gnósticos (conocidos en su día como los maniqueos), negando su premisa fundamental. Él planteó que las enseñanzas de Jesús no se diferenciaban de las del Antiguo Testamento. Él decía que matar era tan lícito bajo el Nuevo Testamento como lo fue bajo el Antiguo Testamento. Agustín escribió: “¿Qué hay de malo en la guerra? ¿La muerte de algunos, que de todas formas pronto morirán, para que otros puedan vivir en sometimiento pacífico? Esto es una mera antipatía cobarde y no un sentimiento religioso. Los verdaderos males de la guerra son el amor a la violencia, la crueldad vengativa, la enemistad violenta e implacable, la resistencia descontrolada, la ambición de poder, y así por el estilo. Y por lo general, cuando se requiere la fuerza para imponer el castigo, es con el propósito de castigar estas cosas que, en obediencia a Dios o a alguna autoridad legal, los hombres buenos llevan a cabo las guerras. Por cuanto ellos se encuentran en una posición tal con relación al comportamiento de los asuntos humanos que una conducta correcta les exige actuar o hacer que los demás actúen de cierta manera”.1

Sí, pero ¿no dijo Jesús que amáramos a nuestros enemigos y que no resistiéramos al que es malo? Agustín tuvo una respuesta para eso: “Puede suponerse que Dios no hubiera autorizado la guerra porque en los últimos tiempos el Señor Jesucristo dijo: ‘Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra’. Sin embargo, la respuesta es que lo que aquí se requiere no es una acción corporal, sino una disposición interior”.2 Mejor dicho, ¡está bien matar mientras ames a la persona a quien matas!

Agustín continuó: “El Señor exige paciencia cuando dice: ‘A cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra’. Esto puede ser la disposición interior de la persona, aunque no se manifieste en una acción corporal o por medio de palabras. Ya que cuando el apóstol fue golpeado, (…) él oró que Dios perdonara a sus agresores en el mundo venidero, pero no pidió que la lesión quedara impune en aquel momento. Interiormente, él mantuvo un sentimiento amable, mientras que exteriormente él deseó que el hombre fuera castigado como un ejemplo”.3

Ese tipo de lógica puede usarse para ganar un argumento de palabras, pero no es jugar limpio con Cristo. Según Agustín, nosotros podemos llevar a cabo los mismos actos brutales que el mundo. Nuestros actos pueden ser tan violentos como los de los israelitas bajo el Antiguo Testamento, siempre y cuando nuestros sentimientos interiores no sean otra cosa que bondad, paz y amor.

Siguiendo esta forma de razonamiento, Agustín pudo racionalizar casi cualquier tema. Por ejemplo, Agustín argumentaba que perseguir a los donatistas era un acto de amor cristiano, ya que eso los traía de vuelta al redil de la Iglesia: “¿Acaso no es parte del cuidado del pastor, cuando algunas ovejas han abandonado la manada, aunque no hayan sido ahuyentadas violentamente, sino que hayan sido llevadas por mal camino por medio de palabras dulces y actos engatusadores, traerlas de vuelta al redil de su amo una vez que las encuentra? Y él puede traerlas por medio del temor al látigo, o incluso por medio del dolor del látigo, si ellas muestran síntomas de resistencia”.4

Lo que Agustín no comprendía es que en el reino de Cristo los medios son siempre tan importantes como el fin. Lo cristianos no hacen uso de medios malos o violentos en un intento por obtener resultados piadosos. Cómo hacemos algo y qué hacemos son siempre igualmente importantes.

La guerra justa

A menudo se reconoce a Agustín como el creador de la doctrina de la “guerra justa”. A decir verdad, él no lo fue. Los filósofos y los gobernantes paganos griegos fueron los primeros en formular una doctrina de la guerra justa. Agustín sólo se adueñó de lo que ellos habían enseñado cientos de años antes.5

Yo he visto varias listas de los criterios presentados por Agustín como necesarios para que una guerra fuera justa y, por tanto, moralmente correcta para los cristianos. Sin embargo, estas listas son un poco engañosas. Agustín nunca escribió un tratado sobre la doctrina de la “guerra justa”. Y él nunca formuló un listado de criterios necesarios para que una guerra fuera justa. En cambio, varios teólogos medievales como Thomas Aquinas formularon listas de criterios, y alegaron que éstas fueron las condiciones establecidas por Agustín.

La verdad del asunto es que Agustín ciertamente justificó la guerra, como hemos visto anteriormente. Y él presentó varias justificaciones para la guerra a través de sus varias obras. Sin embargo, el mismo Agustín nunca dijo que tenían que cumplirse todos estos criterios o aspectos para que una guerra fuera justa. No obstante, basados en los escritos de Agustín, los teólogos medievales sugirieron una lista de condiciones que harían justa a una guerra. Según estos teólogos, sería correcto y justo que un cristiano matara a otro hombre si:

    •  El cristiano ama al hombre que él está matando.

    •  El cristiano mata en una guerra que se ha iniciado como último recurso después de que toda otra solución posible haya fracasado.

    •  El cristiano mata sólo en una guerra que se libra para restablecer los derechos que verdaderamente han sido violados o para defenderse de demandas injustas impuestas por la fuerza.

    •  El cristiano mata solamente en una guerra que se libra bajo la autoridad de un gobernante.

    •  El cristiano mata sólo en una guerra en que su bando tiene una posibilidad razonable de ganar.

    •  El cristiano trata de distinguir entre soldados y civiles, y nunca mata a civiles a propósito.

    •  El cristiano mata solamente en una guerra donde la matanza es “proporcional” al fin que se busca.

    •  El cristiano mata sólo en una guerra en que el bien que se busca por medio de su violencia supera el mal que la violencia produce.

    •  El cristiano mata sólo en una guerra en que el bando vencedor nunca requiere la total humillación del bando perdedor.6

Si usted es cristiano, estas condiciones deben parecerle absurdas. Sin embargo, pueda que no le parezcan así. Eso se debe a que casi todos nosotros hemos sido fuertemente bombardeados por el híbrido constantiniano y también por los argumentos formulados por Agustín en favor del mismo. Por lo tanto, permítame ayudarle a ver en qué consiste lo absurdo.

Bajo el antiguo código de guerra se consideraba perfectamente legítimo y honorable matar a todos los hombres del enemigo y violar sexualmente a todas sus mujeres. Ya hemos visto cómo Agustín racionalizó la matanza de hombres. Ahora, veamos cómo se verían estas mismas condiciones si las aplicamos a la violación de mujeres. Digamos que es correcto y justo que un cristiano viole a una mujer si:

    •  El cristiano ama a la mujer que está violando.

    •  El cristiano viola a las mujeres solamente en una guerra que se ha iniciado como último recurso después de que toda otra solución posible haya fracasado.

    •  El cristiano viola a las mujeres sólo en una guerra que se libra para restablecer los derechos que verdaderamente han sido violados o para defenderse de demandas injustas impuestas por la fuerza.

    •  El cristiano viola a las mujeres sólo en una guerra que se libra bajo la autoridad de un gobernante.

    •  El cristiano viola a las mujeres sólo en una guerra en que su bando tiene una posibilidad razonable de ganar.

    •  El cristiano trata de distinguir entre las esposas de los soldados y las esposas de los civiles, y nunca viola a las esposas de los civiles a propósito.

    •  El cristiano viola a las mujeres solamente en una guerra donde el acoso violento es “proporcional” al fin que se busca.

    •  El cristiano viola a las mujeres sólo en una guerra en que el bien que se busca por medio de este acto violento supera el mal que la violencia produce.

    •  El cristiano viola a las mujeres sólo en una guerra en que el bando vencedor nunca requiere la total humillación del bando perdedor.

Probablemente a usted no le cueste darse cuenta de lo absurdo de estos criterios cuando se aplican a la violación de mujeres. ¿Por qué, pues, resulta tan difícil ver lo absurdo cuando se trata de matar a los hombres en lugar de violar a las mujeres? Esto se debe a que casi todos nosotros hemos sido bombardeados con la mentalidad del híbrido. Hemos crecido en una sociedad que acepta y propaga los valores del híbrido. Recuerda, bajo el híbrido, no se le atribuyó ninguna condena a los pecados de violencia, tales como matar y torturar, mientras estos actos fueran llevados a cabo bajo la autoridad de los gobernantes. Sin embargo, el híbrido casi siempre condenó los pecados sexuales de cualquier tipo.

Los criterios de la “guerra justa” son una clara violación de las enseñanzas de Jesús. Por ejemplo, los criterios de la “guerra justa” plantean que, para que sea justa, una guerra debe librarse para restablecer los derechos que verdaderamente han sido violados o para defenderse de las demandas injustas impuestas por la fuerza. Sin embargo, Jesús ya había abordado ese mismo asunto. Él dijo que no debemos resistir al que es malo. Si alguien quiere quitarle su túnica, permítale que se lleve también su capa. Si alguien le obliga a llevar carga por una milla, vaya con él dos. Los cristianos no libran las guerras para restablecer los derechos; ellos sufren las pérdidas de buena gana. Ellos vuelven la otra mejilla. Ellos no se vengan ni contraatacan. Tampoco creen que estas cosas se puedan hacer en amor.

¿Quién decide si una guerra es justa?

Supongamos por unos momentos que si una guerra reuniera todos los criterios mencionados anteriormente, de verdad sería justa a los ojos de Dios. En ese caso, la siguiente pregunta tendría que ser: “¿Quién decide si una guerra reúne estos criterios?” ¿La Iglesia? ¿El individuo cristiano? ¿El estado? Agustín responde que el estado es quien determina esto. Por tanto, ¿cómo saben los individuos cristianos si la guerra en que están participando es realmente justa o no? La respuesta es, ¡ellos no pueden saberlo!

 

Agustín reconocía esto: “No hay poder sino de parte de Dios, quien ordena y permite. Por lo tanto, un hombre piadoso puede servir bajo un rey impío. Lo que es más, él puede cumplir con el deber que le corresponde según su posición en el estado al luchar bajo la orden de su soberano. Pues en algunos casos es claramente la voluntad de Dios que él debe pelear. Pero, en otros casos, puede que no sea tan evidente, debido a que puede ser una orden injusta de parte del rey. Sin embargo, el soldado es inocente, porque su posición hace que la obediencia sea un deber”.7

En fin, hasta la doctrina de la “guerra justa” es una farsa. Se espera que el individuo cristiano obedezca incluso las órdenes injustas de su rey, y que sea inocente al hacerlo. Tal como Agustín reconocía, una persona no puede concederle lealtad total a dos reyes, un rey terrenal y un rey celestial. Por tanto, su solución era que mientras estemos aquí en la tierra, el rey terrenal debe recibir nuestra lealtad absoluta. Las únicas excepciones serían si el rey nos ordena adorar falsos dioses o nos ordena creer falsas doctrinas no aprobadas por la Iglesia.

Sin embargo, la solución de Agustín es totalmente inaceptable para Cristo. Él no nos permite que le concedamos una lealtad superior a ninguna otra persona o poder. Si un rey terrenal nos da una orden que viola las enseñanzas de Jesús, es al rey terrenal a quien tenemos que desobedecer, no a nuestro Rey celestial.

El híbrido constantiniano trata de eximir a los cristianos de cualquier responsabilidad individual para con Cristo. El híbrido plantea que la Iglesia decide lo que debemos creer y practicar. Y mientras obedezcamos a la Iglesia estamos libres de cualquier culpa en lo espiritual. Asimismo, el híbrido dice que el gobernante secular decide cuándo es correcto matar, torturar, desterrar o saquear a los demás. Mientras estemos obedeciendo a nuestro gobierno, seremos inocentes delante de Cristo en lo secular. Y desde entonces, cientos de miles de cristianos han matado a su prójimo, y aun a sus hermanos en Cristo, sin sentir ninguna responsabilidad moral por hacerlo. Ellos sólo estaban obedeciendo órdenes.

De hecho, la mayoría de los gobiernos “cristianos” han exigido que sus soldados obedezcan todas las órdenes de los oficiales superiores, sin reparar en ninguna preocupación que se tenga sobre la integridad moral de la orden. Por ejemplo, la Rusia cristiana bajo el zarismo exigía lo siguiente de sus soldados:

Artículo 87. Cumplir de manera exacta una orden recibida de un oficial superior, sin considerar si la misma es buena o no, o si es posible o no cumplirla. El oficial superior es responsable por las consecuencias de la orden que él da.

Artículo 88. El subordinado no debe nunca negarse a cumplir las órdenes de un oficial superior, excepto cuando él vea claramente que al cumplir la orden del oficial superior, él viola… 8

Teniendo en cuenta que estos artículos fueron impuestos por la Rusia cristiana, podríamos esperar que el artículo 88 concluya diciendo: “excepto cuando él vea claramente que al cumplir la orden del oficial superior, él viola los mandamientos de Cristo”. Sin embargo, eso no era lo que decía este artículo. En su lugar, decía: “excepto (…) él viola su juramento de fidelidad y lealtad al Zar”.9

El United States Code of Military Justice (“Código de Justicia Militar de los Estados Unidos”) exige esencialmente la misma obediencia de sus soldados. Éste les exige a los soldados obedecer todas las órdenes de sus oficiales superiores a menos que éstas sean “contrarias a la Constitución, a las leyes de los Estados Unidos, o a las leyes legítimas superiores”.10

Pero, ¿es semejante código de conducta aceptable a Cristo con relación a sus ciudadanos? No, ni en lo más mínimo. Él dejó bien claro que nuestra obediencia absoluta le pertenece a él. Él es nuestro Rey personal. No importa lo que otras autoridades (eclesiásticas, seculares o militares) puedan decir en contra. Lo que ellas digan es irrelevante, en tanto que nuestro Rey ya haya hablado sobre el asunto. Todos compareceremos ante el trono del Juicio individualmente, no de forma colectiva.

La anulación de la responsabilidad personal

Durante la vida de Agustín, un líder cristiano de Gran Bretaña llamado Pelagio viajó a través de todo el mundo romano con su predicación en contra de la falta de disciplina de aquel tiempo. Él, con razón, insistió en nuestra responsabilidad personal ante Cristo. Sin embargo, él o tal vez sus seguidores se fueron un poco al extremo. Aparentemente ellos dijeron que nosotros los humanos podemos andar perfectamente en los mandamientos de Jesús sin necesidad de la gracia.

Tal posición era contraria al cristianismo histórico, el cual enseñaba que sin la gracia de Dios, nadie sería salvo al final. Al mismo tiempo, los cristianos siempre habían enseñado que nosotros, también, jugamos un papel en nuestra salvación. Tenemos que estar dispuestos a renunciar al mundo y crucificar diariamente nuestra propia carne y sus deseos. La salvación es un asunto que implica el trabajo conjunto de Dios y el hombre, porque Dios desea que así sea.

Sin embargo, como era su costumbre, Agustín se fue al extremo opuesto para enfrentar a los partidarios de Pelagio. Agustín aseguró que nosotros los humanos no tenemos poder en absoluto para obedecer a Cristo. Que nosotros ni siquiera tenemos suficiente libre albedrío como para escoger obedecerle. Mejor dicho, en realidad no jugamos ningún papel en nuestra salvación. Agustín afirmó que nuestra condición humana es lo que es porque, antes de que fuera creado el universo, Dios decidió arbitrariamente quiénes serían salvos eternamente y quiénes serían condenados eternamente. No hay nada que podamos hacer para cambiar el destino que él ya decretó para nosotros antes que naciéramos.11

¡Pero eso anula totalmente todo el sentido general del evangelio de Jesús! Si lo que Agustín enseñaba era cierto ¿cuál sería el propósito de Dios al darnos el Sermón del Monte? ¿Cuál sería su propósito al advertirnos que debemos edificar nuestra casa sobre la roca por medio de obedecer sus enseñanzas? Si lo que Agustín decía era cierto, ¡no tendríamos poder en absoluto para obedecer sus enseñanzas! Es decir, no podríamos hacer ninguna de las cosas que él nos pide. ¿Por qué nos exhortaría él a edificar sobre la roca si dicha decisión ya hubiera sido tomada por Dios antes de que naciéramos?

¿Por qué nos habría advertido Jesús que “el que persevere hasta el fin” será salvo, si no hay nada que podamos hacer para perseverar? ¿Cuál fue el propósito de su parábola de separar las ovejas de los machos cabríos si tal separación hubiera sido hecha antes que Jesús viniera a la tierra? ¿Por qué denunció Jesús a los escribas y fariseos si sus actos ya habían sido predestinados por Dios? ¿Sobre qué base eran culpables los fariseos si ellos sencillamente estaban siguiendo el guión que Dios había escrito para ellos? ¿Cuál fue el propósito de todas las otras advertencias a través de todo el Nuevo Testamento? ¿Para qué predicar el evangelio si nuestra predicación no puede cambiar nada con respecto al destino eterno de alguien?

Con su práctica de irse al extremo opuesto para ganar un argumento, Agustín inventó un sistema absurdo que fácilmente debe ser desenmascarado por cualquier estudiante de la Biblia. El evangelio del reino no se establece sobre la base de pasajes de la escritura seleccionados cuidadosamente para apoyar una postura. Tampoco se hace a un lado todo lo demás que enseña el Nuevo Testamento. Pero así fue como Agustín creó su propio sistema especial, seleccionando a su antojo pasajes específicos. En cambio, el evangelio del reino acepta el Nuevo Testamento en su totalidad. En el reino nunca se interpreta una parte de la Biblia de manera que anule las enseñanzas de Jesús.

La verdad del asunto es que el mismo Agustín no creyó su propia doctrina. Si él hubiera creído en ella, no se habría molestado en contestarles a los seguidores de Pelagio. Porque si la doctrina de Agustín era cierta, ¿qué importaba lo que enseñaran los seguidores de Pelagio? Nadie podría resultar dañado por su doctrina. No se vería afectada la relación de nadie con Dios. Por otra parte, ¿por qué sostenía Agustín que los herejes y los cismáticos debían ser perseguidos? Sus errores no podrían dañar a nadie. Nadie perdería la salvación por causa de ellos, ya que la salvación de todas las personas ya había sido determinada antes de la creación del universo.

En resumen, bajo el evangelio del reino, el Nuevo Testamento es un libro abierto que un cristiano inculto puede leer y obedecer de forma muy literal. Sin embargo, bajo Agustín y la teología del híbrido constantiniano, el Nuevo Testamento se convirtió en un libro atestado de minas terrestres, que sólo las mentes entrenadas teológicamente podían identificar y evitar.

 

 

Notas finales

  1  Augustine, Reply to Faustus the Manichaean, Libro 22, cap. 74. Philip Schaff y Henry Wace, eds., The Nicene and Post-Nicene Fathers, First Series, Tomo 4 (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1982) 301.

  2  Augustine, cap. 75; Schaff, Fathers, Tomo 4, 301.

  3  Augustine, cap. 79; Schaff, Fathers, Tomo 4, 304.

  4  Augustine, The Correction of the Donatists, cap. 7, párr. 23; Schaff, Fathers, Tomo 4, 642.

  5  Roland H. Bainton, Christian Attitudes Toward War and Peace (Nashville: Abingdon Press, 1960) 33–43.

  6  Bainton, 96–98. Augustine, Faustus, cap. 75; Schaff, Fathers, Tomo 4, 301.

  7  Augustine, Faustus, cap. 75; Schaff, Fathers, Tomo 4, 301.

  8  Leo Tolstoy, The Kingdom of God Is Within You (Lincoln, Nebraska: University of Nebraska Press, 1894) 306.

  9  Tolstoy.

10  Artículo 92(1)(c) Uniform Code of Military Justice.

11  Augustine, On the Predestination of the Saints, caps. 16–19. Schaff, Fathers, Tomo V, 506–508.

Leer el proximo Capítulo --¡Falsificación en el nombre de Cristo!

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