El camino de Jesús a la salvación

"Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24.14). Hasta aquí hemos hablado acerca de algunos de los valores y mandamientos importantes del reino. ¿Pero qué es exactamente el evangelio del reino?

En esencia, el evangelio del reino es la fe histórica cristiana. Esta es la fe que los cristianos de los primeros siglos creyeron y practicaron. El evangelio del reino incluye la totalidad de lo que Jesús y sus apóstoles dicen sobre cada tema. El mismo no se basa en textos cuidadosamente seleccionados, y tampoco depende de nada fuera de la escritura.

El evangelio del reino es el camino de Jesús a la salvación. Sus creencias fundamentales son las enseñanzas directas del propio Jesús, no los escritos de Pablo. A decir verdad, los escritos de Pablo son inspirados por el Espíritu Santo y por tanto son fidedignos y verídicos. Pero Pablo se basó en las enseñanzas fundamentales de Jesús. Él no comenzó un evangelio nuevo. En cambio, la teología popular de hoy, el evangelio fácil, comienza con Pablo. Y al ignorar el contexto de las epístolas de Pablo, este evangelio interpreta a Pablo de una manera que convierte las enseñanzas de Jesús en herejías.

¡No me diga! Ahora sí se está pasando de la raya. Quizá eso sea lo que usted está pensando. ¿Cómo la teología moderna convierte a las enseñanzas de Jesús en herejías? Bueno, qué pasaría si yo entrara hoy en la mayoría de las capillas de las iglesias que profesan ser bíblicas y predicara:

    •  Los pecados que usted comete cada día no le serán perdonados a menos que perdone los pecados de otras personas (Mateo 6.15).

    •  Para ser salvo, la persona tiene que vivir según las enseñanzas de Jesús (Mateo 7.24–25).

    •  Si no alimentamos al hambriento y vestimos al pobre, no veremos el cielo (Mateo 25.32–46).

Estoy convencido de que sería tildado de hereje si predicara estas cosas en la mayoría de las iglesias evangélicas. Pero el evangelio del reino dice que ¡puedo creer lo que Jesús dice! Puedo tomar sus palabras tal y como son. Ahora, muchos cristianos quizá dirían: “Y ¿quién no sabe eso?” Sin embargo, la mayoría de los sistemas teológicos populares le piden al cristiano que no crea lo que Jesús dice.

El reino es fundamental

A diferencia de la mayoría de los sistemas teológicos, el evangelio del reino se centra en el reino de Dios, no en la salvación personal del hombre. No podemos separar la salvación del reino. Y no podemos estar entregados a Jesús si no estamos entregados a su reino.

En realidad, toda la escritura apunta hacia este reino. Desde el principio, Dios tuvo el propósito de establecer un reino especial. De hecho, él profetizó acerca de ese reino durante el período del Antiguo Testamento. De estas profecías del Antiguo Testamento una de las más importantes aparece en el capítulo 2 de Isaías:

Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra (Isaías 2.2–4).

La mayoría de los cristianos leen esta escritura como si el pasaje se estuviera refiriendo a los sucesos que tendrán lugar después de la venida de Cristo a la tierra. Y aunque sin duda también se aplica a ese tiempo, su cumplimiento está ocurriendo ahora mismo. De hecho, ha estado ocurriendo desde que Cristo comenzó su ministerio. Jesús inauguró su reino cuando él vino a la tierra e invitó a sus oyentes a entrar en él.

Al principio, los judíos fueron los únicos que recibieron la invitación de entrar en el reino, pero luego se abrió el camino para todos. Y la gente de todas las naciones comenzó a “correr a él”. Los que entraron en este reino “volvieron sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces”. Ellos ya no volvieron a levantar la espada los unos contra los otros, y olvidaron la guerra para siempre.

Jesús ha hecho un pacto para asignarle un reino a los que anden en sus caminos: “Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí” (Lucas 22.28–29). Y nuevamente: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3.21).

Quién puede entrar en el reino

Dios les ha dado a todos los seres humanos la oportunidad de ser ciudadanos de su reino. Él no eligió arbitrariamente a un grupo específico del género humano para destinarlo a ser parte de su reino y enviar el resto al castigo eterno. ¿Cuál habría sido el propósito de semejante cosa? Si estar en el reino fuera el resultado de una elección arbitraria, Dios habría elegido a todas las personas para que estuvieran en el reino, porque él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

La elección que Dios hace de sus ciudadanos eternos es cualquier cosa menos arbitraria. No, Dios desea llenar su reino con esa pequeña minoría del género humano que realmente lo ama. El reino es para aquellos que verdaderamente desean andar en sus caminos. Y él quiere en su reino sólo a aquellos que creen que él hará lo que ha prometido. Él sólo desea a aquellos que tienen fe en que sus leyes y sus caminos son siempre correctos, buenos y lo mejor para sus súbditos.

¿Y cómo determina Dios quiénes son los que reúnen estos requisitos? Él nos prueba. ¿Notó usted las palabras de Jesús que cité anteriormente? “Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas” y “Al que venciere”. Habrá pruebas y tribulaciones para los que entren en su reino. Como Pablo dijo: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos 14.22).

De hecho, Dios siempre ha probado al género humano, incluso antes de que su reino eterno fuera anunciado. Una de las primeras cosas que él hizo después de crear a los primeros seres humanos fue ponerlos a prueba. Él probó a Noé al mandarle que construyera un arca. Él probó a Abraham al decirle que ofreciera a su hijo Isaac en sacrificio. Como la escritura nos dice: “Jehová prueba al justo” (Salmo 11.5). Y nuevamente nos dice: “El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones” (Proverbios 17.3). Y: “Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón” (Salmo 7.9).

Las tres pruebas principales

Hay tres pruebas principales que Dios usa para eliminar a los que no son aptos para su reino.

Prueba # 1: La fe. El reino es invisible para cualquiera que no haya nacido de nuevo. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3.3). Por tanto, se requiere de mucha fe incluso para que las personas deseen unirse a un reino que no pueden ver. En segundo lugar, la mayoría de las bendiciones prometidas concernientes al reino tendrán lugar en el futuro. De modo que una persona tiene que tener fe en que Dios realmente hará lo que ha prometido.

Esta prueba de fe elimina a la mayor parte del género humano. La mayoría de las personas no tienen suficiente fe como para creer en un reino que no pueden ver ni para contar con promesas que no serán cumplidas sino hasta después de su muerte.

Prueba # 2: El compromiso. Como ya hemos visto anteriormente, Jesús nos exige que lo demos todo por causa de su reino. Nuestra primera y última lealtad tiene que ser a nuestro Rey, Jesucristo, y a su reino. Jesús demanda que nuestra lealtad a él sobrepase incluso nuestra lealtad y cariño por nuestros padres, hijos, cónyuges, país, y hasta por nuestras propias vidas.

La única clase de personas que Jesús desea en su reino son los que comprenden que “el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mateo 13.44–46).

La mayoría de las personas que pasan la prueba de la fe tropiezan en la prueba del compromiso. Por supuesto, estas personas creen en un reino invisible y en los galardones eternos… pero sólo si no les cuesta mucho. ¿Darlo todo por unas promesas solamente? De ninguna manera.

Ya que pocas personas pasan la prueba del compromiso, pudiéramos suponer, con toda la razón, que van quedando muy pocos en el reino. Sin embargo, Jesús indicó que muchos entrarían en su reino sin jamás hacer el compromiso necesario. Él les dijo a sus discípulos: “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador” (Juan 10.1). De manera que simbólicamente muchas personas suben los muros y tratan de robarse así la ciudadanía del reino.

Jesús otra vez destaca esto en su parábola de la fiesta de bodas. “Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22.10–14).

Así que, los que pasan la prueba de la fe pero fallan en la prueba del compromiso son de una clase distinta a los que no creen, o sea, los que rechazan completamente la invitación a las bodas. Aquellos que no tienen fe por lo general rechazan por completo las afirmaciones y promesas de Jesús. Ellos ni siquiera creen que exista un reino, y no hacen ningún esfuerzo por entrar en él.

Sin embargo, los que fallan en la prueba del compromiso a menudo sí creen en las afirmaciones y promesas de Jesús. Pero ellos no quieren hacer el compromiso que Jesús demanda. En efecto, ellos tratan de aceptar la invitación de Jesús al banquete del reino, mientras rechazan todas sus condiciones. ¿Cómo lo hacen? Ellos buscan a alguien que reparta invitaciones para ingresar al reino sin ninguna condición. Por tanto, de manera simbólica, podemos decir que estos son los que suben los muros en grandes cantidades.

Según Jesús, al final los que se cuelan serán la mayoría de los presentes en su reino. Ellos son los “muchos” que son llamados, pero no están entre los “pocos” que son escogidos. Ellos nunca han hecho ningún compromiso con Cristo o con su reino. Ellos pueden creer que Jesús es su Salvador, pero realmente no lo aceptan como su Señor.

Prueba # 3: La obediencia. En los capítulos anteriores, yo he hablado sobre algunas de las leyes del reino. Estas leyes sirven para llevarnos de los valores y la mentalidad del mundo a los valores y la mentalidad de Dios. Estas leyes también sirven como una prueba. Algunos de los creyentes que pasan las pruebas de la fe y el compromiso más tarde se vuelven desobedientes. Afortunadamente, muchos de estos cristianos luego se arrepienten y regresan a la vida del reino.

Sin embargo, otros pierden completamente su amor por Cristo. Ellos dejan de obedecerlo porque dejan de amarlo. Al final, ellos también serán eliminados del reino: “Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13.41–42).

Por tanto, al final, Jesús dejará en su reino sólo a los que verdaderamente creen en sus promesas y aceptan sus condiciones. Esos son los que lo aman más que a todo en la tierra y quienes con gusto darían sus vidas por él. Esos son los que Jesús quiere tener a su lado por la eternidad.

Esto, en pocas palabras, es el evangelio del reino.

La relación con nuestro Rey

En el próximo capítulo, estaremos debatiendo cómo una persona entra en el reino de Dios. Pero antes de hacer eso, es importante comprender que la esencia del evangelio del reino es la relación. A decir verdad, hay doctrinas teológicas necesarias, pero la teología no es la esencia del evangelio ni tampoco la esencia del cristianismo.

Cuando nos hacemos ciudadanos del reino, nosotros entramos en una relación perpetua con nuestro Rey. Pero esta relación es muy diferente al tipo de relación de la cual se habla en el evangelio moderno y fácil de hoy día. El propio Jesús explicó el tipo de relación que él desea: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Juan 15.1–4).

¿Qué quiere decir Jesús cuando se refiere a que llevemos fruto? A continuación notemos algunos ejemplos de cómo se usa este término en el Nuevo Testamento:

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu (Gálatas 5.22–25).

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento (…). Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego (Lucas 3.8–9).

Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad (2 Corintios 9.10–11).

Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Filipenses 1.9–11).

Estos son los “frutos de justicia” que crecerán en nosotros cuando permanecemos unidos a la vid de Jesús. Estos frutos encajan perfectamente en los valores del reino de los cuales hemos estado hablando. Pero este fruto no crece automáticamente. Tenemos que permanecer en Cristo y dejar que su Padre nos pode. Tenemos que continuar nuestro andar en el Espíritu Santo. Si no damos fruto, el Padre nos quitará de la vid. Es por ello que la ciudadanía en el reino se basa en la relación. Dicha relación depende de que permanezcamos en Cristo y nos rindamos a él y a su Padre.

Pero, ¿cómo permanecemos en Cristo? Jesús nos dijo muy claramente: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15.10). Por tanto, permanecemos en Jesucristo, no por medio de cantar sus alabanzas, sino por medio de obedecerlo. ¿Y qué pasa si decidimos no obedecerlo? Él nos dice de manera muy franca: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden” (Juan 15.6).

De modo que nuestra relación con Jesús no es simplemente cualquier relación, real o imaginaria. Es una relación de amor obediente. En realidad, la frase “relación de amor obediente” es redundante, porque es imposible amar a Jesús sin obedecerlo. Podemos declarar públicamente cuánto lo amamos, pero, sin obediencia, son sólo palabras huecas. Por cuanto él mismo dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14.21). Así que, si no obedecemos a Jesús no lo amamos. Así de simple. (¡Él lo dijo, no yo!)

La falsa obediencia

Ahora bien, cuando Jesús habla de obediencia, él se refiere a la obediencia verdadera, no a la obediencia fingida que está tan de moda en la actualidad. Sus verdaderos mandamientos son los que están escritos en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el evangelio fácil de hoy dice que nosotros podemos desatender sus mandamientos escritos. La mayoría de los cristianos trata los mandamientos de Dios como si éstos fueran simplemente sugerencias. Lo que verdaderamente cuenta, según este evangelio popular, son los impulsos subjetivos que vienen a nuestras mentes. Éstos son supuestamente los verdaderos mandamientos de Jesús a los cuales tenemos que ser obedientes. Y debido a que éstos supuestamente son revelados personalmente a cada cristiano, cada persona es el único juez de lo que Dios le ha dicho que haga o no haga.

Es como el viejo cuento del rey que se vistió de un traje invisible. Millones de cristianos fingen que siguen obedientemente a Cristo, cuando lo cierto es que pasan por alto y pisotean sus enseñanzas. De hecho, ellos consideran que muchos de sus mandamientos son fastidiosos. Sin embargo, ellos obedecen los impulsos subjetivos que vienen a sus mentes, y al hacerlo se engañan creyendo que están obedeciendo a Jesús.

La verdad es que Jesús sí les da dirección personal a los profetas y a los que están cerca de él. Pero, ¿a quién dijo él que se manifestaría? “El que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14.21). Como leímos anteriormente, los que le aman son los que guardan sus mandamientos. Jesús les dijo a sus discípulos que “el que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto” (Lucas 16.10). Si no podemos ser fieles en lo elemental, las instrucciones escritas que se aplican a todos los cristianos, simplemente nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que Jesús nos dará instrucciones adicionales y especiales.

Si no permanecemos en la vid, dando fruto, Jesús no se está manifestando en nosotros. En tal caso, la relación especial que creemos tener con Cristo es tan engañosa como la relación que muchos católicos creen tener con María.

No se trata solamente de otra ley mosaica

Sin embargo, cuando hablamos de los mandamientos de Jesús, por favor, no crea que acumulamos puntos por obedecer las enseñanzas de Jesús o que ganamos nuestra salvación al hacerlo. Como dije anteriormente, la única relación aceptable para él es una relación de amor. Tampoco se trata solamente de otra ley mosaica. Jesús no cumplió en sí mismo la ley sólo para luego darnos en su lugar otra larga lista de regulaciones similares.

Jesús describió lo que es la vida cristiana cuando lo amamos: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11.28–30).

¿Pero cómo es eso posible? En otra parte, Jesús dijo que tenemos que abandonarlo todo por él. Y hasta dijo: “Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10.38–39). Eso realmente no parece un yugo fácil.

Ah, ahora llegamos a la paradoja del reino. Cuando analizamos todo esto desde el punto de vista de la carne, las declaraciones de Jesús parecen contradictorias. Pero en el Espíritu Santo, sus declaraciones están completamente en armonía. La vida del reino nunca fue diseñada para ser vivida en la carne. Dicha vida no es un nuevo Talmud. La vida del reino es para vivirla en el Espíritu Santo; es decir, gira en torno a una relación con Jesús. Y es sólo cuando enterramos nuestra vida en Jesucristo que su yugo puede ser fácil y su carga ligera. Su carga es ligera sólo cuando nos separamos de todos los enredos de esta vida y nos dedicamos al servicio devoto a nuestro Señor.

Es sólo cuando nuestros corazones están libres de las inquietudes y preocupaciones de la vida en este mundo que podemos decir con Juan: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5.3). Sus mandamientos son fáciles cuando nuestro único reino es el reino de Dios y nuestras almas han dejado todo lo demás. En cambio, los mandamientos de Jesús son muy pesados y gravosos cuando queremos mantener nuestro apego a este mundo y a nuestras posesiones, poderes y libertades terrenales… y a la vez tratar de servir a Jesús.
Cómo entrar en el reino

Una persona no se hace ciudadano estadounidense simplemente al cruzar la frontera, legal o ilegalmente, de los Estados Unidos. Más bien, el gobierno de los Estados Unidos ha establecido un procedimiento que un inmigrante debe seguir para llegar a ser un ciudadano naturalizado. Básicamente, la persona tiene que haber cumplido los dieciocho años de edad, haber sido un residente legal de los Estados Unidos durante cinco años, ser de buena reputación moral, capaz de leer y escribir un inglés básico, y poseer un conocimiento básico de la historia y el gobierno de los Estados Unidos. Finalmente, el solicitante debe prestar el juramento de lealtad.

Asimismo, hay procedimientos o pasos que deben seguirse para que una persona pueda entrar en el reino de Dios. Para comenzar, las personas tienen que ser liberadas para que puedan entrar en el reino. Esto se debe a que todo el género humano es esclavo del pecado, de Satanás y de la muerte. Jesús murió en rescate para librarnos de esa esclavitud. Por medio de su muerte, él ató a Satanás y limpió a todos los creyentes por medio de su sangre. Una persona se beneficia de la sangre derramada por Jesús cuando sigue, por medio de la fe, los pasos establecidos en la escritura.

Jesús había instruido a sus apóstoles para que fueran capaces de ayudar a otras personas a entrar en el reino. Poco después que Jesús regresara al cielo, los apóstoles tuvieron la oportunidad de poner en práctica las instrucciones de Jesús. En el día de Pentecostés, el primer grupo de nuevos aspirantes entró en el reino. El capítulo 2 de Hechos describe cómo lo hicieron:

Al oír esto [la predicación de Pedro], se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas (Hechos 2.37–41).

Analicemos a continuación los pasos mediante los cuales los oyentes de Pedro entraron en el reino de Dios:

    •  Ellos escucharon el mensaje de Jesucristo y su reino, y lo creyeron. Y ésta no fue una convicción meramente superficial. Ellos “se compungieron de corazón”.

    •  Además, ellos se arrepintieron de su vida anterior. ¿Qué significa eso? El Diccionario STRONG de palabras griegas del Nuevo Testamento define la palabra arrepentirse como “pensar diferente, i.e. reconsiderar”.1 Por tanto, los oyentes de Pedro reconsideraron cómo deseaban vivir. Ellos decidieron vivir el resto de sus vidas como seguidores de Jesucristo.

    •  Ellos fueron bautizados en agua.

    •  Ellos recibieron el Espíritu Santo.

Después de haber dado estos pasos, ellos entraron en el reino de Dios.

Por favor, note que estas personas tuvieron que arrepentirse de sus pecados, pero no tuvieron que expiarlos. Jesús hace la expiación por nosotros. Nosotros no nos salvamos a nosotros mismos. Jesús es quien nos salva. Por favor, note además que los oyentes de Pedro no tuvieron que hacer nada para ganarse su salvación o para ganarse el reino de Dios. Ellos eran completamente indignos. Su salvación y su ciudadanía en el reino fueron obsequios gratuitos. Ellos fueron salvos por medio de la gracia, no por medio de su propia justicia.

Lo que hace el nuevo nacimiento

¿Qué pasó con la multitud que creyó y nació de nuevo el día de Pentecostés? Muchas cosas, ¡cosas maravillosas! Todos sus pecados pasados les fueron perdonados y lavados con la sangre de Jesús. Experimentaron un borrón y cuenta nueva delante de Dios. Además, nacieron de nuevo como nuevas criaturas. O sea, experimentaron una transformación espiritual sobrenatural. Pasaron a ser ciudadanos del reino de Dios. Y estos nuevos ciudadanos del reino se convirtieron en pámpanos de la vid de Jesús (véase Juan 15.5). Si ellos hubieran muerto en aquel preciso instante, habrían ido directo al paraíso.

Los dos aspectos de la salvación

Según el evangelio fácil de hoy, ahí terminaría el asunto. Según este evangelio popular, todo pecado que una persona haya cometido, más todo pecado que la persona cometerá en el futuro le es perdonado cuando él o ella nace de nuevo. Este evangelio popular declara que la salvación consta de un único paso, una vez para siempre. Una vez que las personas nacen de nuevo, sólo se puede hablar de su salvación en tiempo pasado.

Sin embargo, Jesús nunca dijo ninguna de estas cosas. El evangelio fácil no es el evangelio del reino. El evangelio del reino reconoce que hay tanto un aspecto pasado de nuestra salvación como un aspecto futuro. A menos que una persona comprenda estas dos fases, no podrá comprender nunca el evangelio del reino o la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la salvación.

El Nuevo Testamento habla de la salvación en tiempo pasado. Por ejemplo, Romanos 8.24 dice: “Porque en esperanza fuimos salvos”.

Por tanto, cuando nacemos de nuevo, somos salvos. Esto quiere decir que hemos sido sacados del mundo. En ese preciso momento, entramos en el reino de Dios. En ese momento, nuestros nombres son inscritos en el libro de la vida. Al escribir a los filipenses, Pablo se refirió a sus colaboradores como aquellos “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4.3).

Pero las escrituras también se refieren a un aspecto futuro de la salvación. Jesús dijo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 10.22). De manera que hay un aspecto futuro de la salvación. Tenemos que perseverar hasta el fin de nuestra vida para que nuestra salvación sea definitiva. Nuevamente, Jesús dejó esto bien claro en su ejemplo de la vid: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. (…) Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará” (Juan 15.5–6, 2).

Este pasaje muestra los dos aspectos de la salvación: pasado y futuro. Sólo los que han nacido de nuevo, los que han sido salvos, pueden ser pámpanos en esta vid. Ese es el aspecto pasado de la salvación. Sin embargo, el hecho de ser pámpanos en la vid de Jesús no quiere decir que vayamos a permanecer en la vid. Si no mantenemos nuestra relación de amor obediente, Dios nos quitará de la vid. Es por eso que también debemos hablar del aspecto futuro de la salvación.

Debido a este aspecto futuro de la salvación, Jesús les dijo a los primeros cristianos de la iglesia primitiva en Sardis: “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Apocalipsis 3.5). Así que, sólo por el hecho de que nuestros nombres hayan sido inscritos en el libro de la vida al momento de nuestro nuevo nacimiento, no podemos dar por sentado que permanecerán allí. De hecho, según las palabras de Jesús a la iglesia primitiva en Sardis, parece que él iba a borrar la mayoría de sus nombres. Notemos lo que dice: “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas” (Apocalipsis 3.4).

Fue a causa de este aspecto futuro de la salvación que Jesús les dijo a los primeros cristianos en Tiatira: “Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga. Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones” (Apocalipsis 2.25–26). Y es también debido a este aspecto futuro de la salvación que las escrituras nos dicen:

    •  “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4.16).

    •  “Si sufrimos, también reinaremos con él; si le negáremos, él también nos negará” (2 Timoteo 2.12).

    •  “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado” (2 Pedro 2.20–21).

A veces nos expresamos mal

Me duele escuchar a cristianos del reino discutir sobre la salvación, sin reconocer que existen los aspectos pasado y futuro. He escuchado o leído intercambios entre cristianos del reino semejantes a “Cristiano # 1” y “Cristiano # 2”.

Cristiano # 1 es un cristiano del reino que ama a Jesús y vive según sus enseñanzas. Si embargo, él pertenece a una iglesia que enfatiza el aspecto futuro de la salvación. Igualmente, Cristiano # 2 también ama y obedece a Jesús, pero pertenece a una iglesia que enfatiza el aspecto pasado de la salvación. Desafortunadamente, aunque ambas iglesias en realidad creen en ambos aspectos de la salvación, ninguna de las dos iglesias pone igual énfasis en los dos aspectos. A consecuencia, los miembros de las dos iglesias a menudo tienen intercambios similares al que les muestro a continuación:

Cristiano # 2: “Hermano, ¿es usted salvo?”

Cristiano # 1: “¿Cómo es eso de que si soy salvo? ¡Claro que no! Sería un atrevimiento decir que uno ya es salvo. Jesús tomará esa decisión cuando yo muera”.

Cristiano # 2: “Bueno, si todavía no sabe que ya ha sido salvo, será demasiado tarde cuando muera. Usted está apoyando un evangelio falso”.

Cristiano # 1: “¡No, usted es quien está apoyando un evangelio falso, un evangelio de presunción!”

Podría parecer que estos dos cristianos están a años luz de distancia el uno del otro en sus creencias. Y tal vez sea así. Pero a menudo sus creencias son muy similares. Si ellos verdaderamente son cristianos del reino, cada una de sus iglesias probablemente apoya tanto el aspecto pasado como el aspecto futuro de la salvación. Sin embargo, debido a que cada iglesia subraya más un aspecto de la salvación casi al punto de excluir el otro, sus miembros poseen una comprensión confusa de la salvación. Y por lo tanto ellos no pueden anunciar claramente el evangelio del reino, a pesar de que lo apoyan en sus corazones.

Preguntarle a alguien “¿Ha sido usted salvo?” es como preguntarle a una persona “¿Ha dejado usted de robarle a su patrón?” Un empleado honrado no puede contestar esa pregunta con un simple sí o no, ¿verdad? Él sólo puede frustrar esta pregunta engañosa respondiendo: “Yo nunca le he robado a mi patrón, por lo tanto no hay nada que dejar”.

La pregunta de la salvación es igual de engañosa, aunque no sea intencionalmente. Un simple sí o no, no será suficiente. El que comprende el evangelio del reino debe contestar al engaño inherente de la pregunta de la siguiente manera: “Sí, soy salvo desde que nací de nuevo. Sin embargo, mi salvación final será determinada cuando yo haya perseverado hasta el fin.”

Antes de dejar este tema de la salvación, quiero agregar un comentario final sobre la seguridad. Nosotros los cristianos del reino no vivimos en una constante angustia e inseguridad. No, vivimos en una anticipación gozosa de las promesas que Jesús ha hecho. Y sabemos que la gracia de Jesús nos capacitará para permanecer en la vid… mientras continuemos amándolo y obedeciéndolo. Sin embargo, al mismo tiempo, no debemos ser demasiado confiados o presumidos, ni tampoco debemos perder el temor de nuestro Señor. Sí, disfrutamos verdadera seguridad, pero es una seguridad condicional.

¿Salvación por medio de la teología?

Por favor, comprenda que para ser salva, una persona no tiene que ser capaz de expresar oralmente las varias cosas que hemos considerado en los dos últimos capítulos. Jesús no está tan interesado en lo que decimos. Ante todo, él está interesado en lo que hacemos. Y esto lo dejó bien claro en una de sus parábolas: “Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero” (Mateo 21.28–31). Es lo que hacemos, no lo que decimos.

Las enseñanzas de Jesús fueron diseñadas para ser comprendidas por la gente más sencilla. No se requiere de ninguna formación académica. Si una persona tiene que estudiar durante años para dominar nuestra teología o para que pueda enseñar a otros, algo anda bien mal. Ni Jesús ni sus apóstoles fundaron ningún seminario, porque no se requiere de ninguno para el evangelio del reino. Los cristianos del reino rara vez fundan seminarios. Y cuando lo hacen, siempre terminan perdiendo el evangelio del reino.

El evangelio del reino es tan sencillo, tan libre de la teología complicada, que durante los primeros trescientos años del cristianismo, la siguiente confesión de fe fue suficiente:

Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro; que fue concebido del Espíritu Santo, nació de la virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos [Hades]; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; y desde allí vendrá para juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa iglesia universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo y la vida perdurable. 2

Por lo general, esta sencilla confesión de fe se conoce como el Credo Apostólico. A decir verdad, los primeros cristianostenían enseñanzas y opiniones que iban más allá de esta sencilla confesión de fe. Pero esta era toda la teología que un cristiano tenía que creer. Si algunos cristianos querían profundizar más, podían hacerlo, siempre y cuando no se lo tomaran tan a pecho como para ir más allá de lo tradicionalmente aceptado.

Si el Credo Apostólico fue una teología adecuada para los primeros tres siglos del cristianismo, también lo fue para los siglos que siguieron. Y aún es una teología adecuada para nuestros días. La Iglesia institucional no llegó a una mejor comprensión de Cristo una vez que abandonó el evangelio del reino. Más bien, se ha alejado más y más del verdadero Cristo.

 

 

Notas finales

  1  James Strong, Nueva concordancia STRONG, exhaustiva, (Nashville, TN : Editorial Caribe, 2003) página 54 del Diccionario STRONG de palabras griegas del Nuevo Testamento.

  2  John H. Leith, ed., Creeds of the Churches (Atlanta: John Knox Press, 1973) 24–25.

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