CAPÍTULO 10 LOS MÁRTIRES DE 1557-58 d.C

Algerio: un joven quemado con agua y luego por el fuego en Roma, 1557



El joven Algerio soportando el aceite hervido que echaban sobre su cuerpo desnudo para luego reducirlo a cenizas.


Algerio, aunque era muy joven fue un estudiante en el reino de Nápoles en Padua. Allí conoció a un hermano del cual indagó con diligencia cual era el camino y la voluntad de Dios. Escuchó con cuidado y pronto fue bautizado en la muerte de Cristo. Inmediatamente después fue arrestado y echado a la prisión donde soportó muchos conflictos severos. En gran manera fue fortalecido por Dios, en quien había fijado sus ojos, lo cual es probado por la carta mencionada anteriormente. La escribió a los hermanos en Italia, estando él en la prisión de Padua. Escribió con el fin de fortalecerlos en la tristeza que sufrían por su causa.

Tentado en Padua por las autoridades para que se retractara lo enviaron a Venecia. Allí tampoco pudieron convencer a Algerio que se retractara, tendiéndole trampas por medio de promesas agradables a la carne; pero él rechazó todo ello para ganar únicamente a Cristo. Finalmente lo mandaron a Roma y fue sentenciado a ser quemado de la siguiente manera: primero ser ahorcado y estrangulado y luego quemado.

Siendo llevado en una carreta a lugar de su muerte se hizo un atentado final contra él. Un monje tendía un crucifijo delante de él y lo amonestaba a honrar a su señor allí crucificado, lo cual Algerio empujó a un lado, diciendo: “Mi Señor y Dios vive arriba en los cielos.” En esto los espectadores dieron voces y dijeron: “¡Fuera con él! Está por completo endurecido y cegado. Ya no tiene remedio.”

Por tanto lo desvistieron hasta la cintura y primero derramaron aceite hirviendo sobre su cabeza y su cuerpo desnudo, lo cual Algerio sufrió con paciencia, aunque le produjo mucho dolor. Al frotarse el rostro con las manos, se arrancó la piel y el cabello. Después lo redujeron a ceniza. Todo lo sucedido era muy raro en Italia. Algerio tuvo que glorificar a Dios de una manera más alta. Al Señor Jesucristo que obró en él por el poder del Espíritu Santo, sea la alabanza y gloria para siempre. Que Él nos ayude a nosotros pobres y débiles mortales a seguirle.

Una carta consoladora de Algerio escrita desde la prisión, la cual refleja la mentalidad de los mártires.

“A mis hermanos amados y compañeros en Jesucristo que han salido de Babilonia rumbo al monte de Sión; gracia, paz y misericordia les deseo de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro Señor.

“Con el propósito de endulzar o quitar el dolor que ustedes sufren por mi causa, deseo comunicarles la dulzura que experimento, para que se regocijen conmigo en la presencia del Señor. Diré al mundo una cosa increíble: he encontrado una dulzura infinita en el vientre del león. ¿Quién creerá lo que voy a relatar aquí?

“En un foso profundo he hallado placer; en un lugar de amargura y muerte, descanso y esperanza de la salvación; en el abismo o profundidades del infierno, gozo. Donde otros lloran, yo río; donde otros temen, he hallado fuerza. ¿Quién va a creer esto? En la miseria he disfrutado grandes delicias; en un rincón solitario, he estado en la más gloriosa compañía, y en el cautiverio más severo, gran descanso; todas estas cosas me las ha dado la mano de Dios. He aquí, Él que primero estaba lejos de mí, ahora está conmigo; y a Él que poco conocía, ahora veo con claridad. A Él que antes yo anhelaba, ahora me extiende la mano, me consuela, me llena de gozo, aleja la amargura de mí y renueva dentro de mí la fuerza y la dulzura. Me conserva con salud. Me sostiene, levanta y fortalece. ¡Oh cuán bueno es el Señor que no permite que sus siervos sean tentados más allá de lo que pueden soportar! ¡Oh cuán fácil, placentero y dulce es su yugo!

“Aprendan, amadísimos hermanos, qué tan dulce, misericordioso y fiel es el Señor; Él vivifica a sus siervos en tiempos de prueba. Él se humilla y baja para estar con nosotros en nuestras humildes chozas y moradas. Nos da una mente alegre y un corazón pacífico.

“¿Creerá estas cosas este mundo ciego e incrédulo? Más bien me diría: ‘No vas a soportar por mucho tiempo el calor, el frío y la incomodidad de este lugar. ¿Y cómo podrás soportar la cruz, los muchos desprecios, los reproches indebidos y las burlas inmerecidas? ¿Podrás borrar completamente de tu mente todos tus profundos estudios? ¿Perderás lo mucho por lo poco? ¿Por qué motivo has estudiado y trabajado tanto, aun desde tu juventud? ¿No tienes temor de la muerte que te espera, aun siendo tú inocente? ¡Oh, qué locura extrema e ignorancia es, poder escaparte de la muerte y evitar todo con una sola palabra, y lo rehúsas!’

“Pero, oigan, hombres mortales y ciegos. ¿Qué será más caliente e intenso que el fuego preparado para ustedes? ¿Qué es más frío que su corazón que todavía está en tinieblas y no tiene luz alguna? ¿Cuál tesoro es más precioso que la vida eterna? ¿Dónde hay gozo, riquezas y honra más grande que en los cielos? Si no temo al fuego ardiente, ¿temeré a caso al calor natural? A aquel que se consume y se derrite en el amor de Dios, ¿le atormentará el hielo? El calor es para mí un placer refrescante y el invierno un gozo en el Señor.

“En verdad este lugar es duro y severo para los culpables y malhechores, pero para los inocentes y justos es muy placentero y dulce. Es verdad que se estima este foso como lugar solitario y humillante; sin embargo para mí es un valle espacioso y uno de los lugares más excelentes del mundo.

“Díganme, hombres miserables, ¿podría haber una pradera más agradable que esta? Pues aquí contemplo reyes, príncipes, estados y naciones; aquí veo conflictos: unos destrozados, otros victoriosos; algunos han caído a un estado bajo, otros han logrado grandes honores. Aquí subo y entro al cielo. Jesucristo está parado ante mis ojos; alrededor de mí se paran los patriarcas, profetas, apóstoles y todos los siervos de Dios. Él me abraza y sustenta; los otros me exhortan, me muestran cosas santas, me consuelan y me conducen con melodías y cantos.

“¿Puedo decir que estoy solo con tanta compañía? Pues, aquí veo compañeros, consoladores y ejemplos. Veo muchos que fueron crucificados, decapitados, apedreados, aserrados, asados. Otros fueron tostados en ollas y hornos de aceite; a algunos les sacaron los ojos; a otros les cortaron la lengua. Unos fueron degollados y sus cabezas envueltas en su propia piel; a otros les cortaron las manos y los pies. Algunos fueron echados en hornos ardientes, otros arrojados como alimento para las bestias. Sí, ocuparía demasiado tiempo relatando todo aquí.

“Finalmente, veo aún a otros que han sufrido diversas torturas y martirios. Y algunos están vivos ahora y están libres de todo dolor. Para todo hay un sólo remedio que cure sus dolores, y éste es el remedio que me da fuerza y alegría para enfrentar todos estos temores y aflicciones. La esperanza puesta en los cielos, es el remedio. No temo a los que me reprochan y persiguen, puesto que Aquel que mora en los cielos los rechazará y desarraigará. Dios quebrará los dientes de los pecadores, porque el poder y dominio son de Él. El reproche que sufrimos por la causa de Cristo nos da gozo y alegría, porque está escrito: ‘Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello’ 1 Pedro 4:16. Por tanto, si tenemos tanta seguridad de nuestra salvación, no haremos caso de los reproches injustos de los que nos desprecian.

“En este mundo no tengo ciudad permanente, ni lugar de descanso. Mi hogar y mi patria están en los cielos. Busco la Jerusalén celestial, la que ya veo delante de mí. Miren, ya estoy en el camino, allí está mi dulce hogar, mis riquezas, mis padres, mis amigos, mi placer y mi honor. No tengo temor de despreciar lo terrenal. Todas estas cosas no son más que sombras, transitorias y vanidad de vanidades.

“¿Quién se atreverá a decir que he perdido mi edad y mis años? Se me ha llamado tonto, puesto que no oculto mi conocimiento de Dios ni me importa si hablo en secreto o abiertamente. El mundo desea que guarde silencio y piensa que me he engañado a mí mismo. Que el mundo ciego cese de imaginar tales cosas. Pues está escrito: ‘Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero’ Así somos partícipes con Cristo quien dijo que el discípulo no es mayor que su maestro. Él también nos dejó mandamiento de que cada cual tomara su cruz y le siguiera.

“Que sea perfecta nuestra paciencia en cada lugar, pues estas cosas nos son prometidas aquí en la tierra, porque está escrito que los que nos matan pensarán que así rinden servicio a Dios. Por eso, el temor y la muerte nos enseñan a entender nuestro llamamiento. Regocijémonos en una vida futura y demos voces con alegría en el Señor, separados de todo pecado y golpeados y entregados a la muerte. Tenemos el ejemplo de Jesús y los profetas; y los hijos de la injusticia lo mataron conforme a su costumbre. He aquí, ¿qué haremos ahora? ¡Bienaventurados son los que han seguido fiel! Nos alegramos en nuestra inocencia. Dios castigará a los que nos persiguen.

“Nunca negaré a Cristo; al contrario, lo confesaré dondequiera que sea necesario. No estimaré mi vida más preciosa que mi alma; no cambiaré el futuro por el presente. ¡Oh, cuán poco entiende y sabe el que piensa y anda en la locura! ¡Ay amadísimos! Eleven los ojos y guarden el consejo de Dios.

“El siervo más celoso, el encarcelado y amado Argelio. Escrito en el más hermoso jardín: la prisión llamada Leonia, el 12 de julio de 1557.”

Hans Brael: un sufrimiento prolongado y espantoso, 1557 d.C.

Durante un viaje en el año 1557, en Pusterthal unos días antes de la Ascensión, el hermano Hans Brael, a unos cinco kilómetros del castillo, se encontró con el juez que iba a caballo. El juez no lo conocía; solamente lo saludó y siguió su camino. Hans le dio gracias por el saludo, pero el secretario que acompañaba al juez se acercó a Hans preguntándole: “¿A dónde vas? ¿Qué estabas haciendo aquí?” Él respondió que había estado con sus hermanos. El secretario le preguntó si los anabaptistas eran sus hermanos. Sí, contestó él. Entonces el secretario lo agarró y el juez le quitó al hermano su propia correa y lo amarró, haciéndolo caminar a un lado de su caballo por el lodo como si fuera un perro. Así caminaron hasta llegar al castillo. Él sufrió tanta fatiga de la caminata y de haber sido amarrado tan cruelmente, que no pudo permanecer parado, sino que se cayó en el campo. El señor del castillo amonestó al juez por haberle atado tan duro. Allí lo interrogaron y le quitaron todo lo que traía y lo echaron a la cárcel.

Al día siguiente lo sacaron y el señor del castillo lo interrogó tocante al anabaptismo y lo que pensaba del sacramento. Cuando él predicó la verdad divina, insistieron que la renunciara. Y cuando él les dijo que no esperaran que él iba a renunciar a la verdad, lo echaron otra vez a la cárcel. Ocho días después lo trajeron otra vez. El señor con otros seis lo examinaron, pero no lograron nada, entonces lo volvieron a mandar a la cárcel. Después de ocho días más fue examinado delante de todas las autoridades reunidas. El juez le aconsejó urgentemente que se salvara, porque su cuerpo iba a ser torturado si rehusaba nombrar a las personas que le habían hospedado. Hans preguntaba al juez y a todo el concejo si a ellos les parecía bien que él traicionaría a los que le habían tratado con tanto amor y le habían alimentado y hospedado. El juez se enfureció mucho, y le preguntó si estaba acusando al concejo con sus palabras. Al fin lo mandaron a la cárcel otra vez, ya que no pudo ser convencido.

Después lo trajeron al juez y lo llevaron al potro, donde él mismo se quitó la ropa y delante de ellos se acostó. Se sometió pacientemente a las sogas de tortura de tal manera de los ojos de los espectadores se llenaron de lágrimas y no podían contener su llanto.

El verdugo lo suspendió de una soga, y el juez lo amonestó que se salvara y que divulgara los nombres que deseaban. Él dijo que no iba a traicionar a nadie. Entonces amarraron una piedra grande en sus pies. El juez se enojó cuando percibió que no podía lograr nada con él y dijo: “Ustedes juran que no se van a traicionar los unos a los otros.” Hans respondió: “No juramos, pero no nos traicionamos porque sería malo.” Entonces lo dejaron colgado de la soga y se fueron, pero el verdugo se quedó con él.

Luego trajeron dos sacerdotes de la ciudad de Innsbruck y disputaron con Hans por dos días, y al no lograr nada, el señor del castillo se encolerizó tanto que le dijo: “¡Oh, tú, perro terco! He hecho todo lo posible contigo y seguiré haciéndolo. Ahora te pondremos en una estaca puntiaguda, y veremos como vas a confiar en Dios.” Él respondió que sufría no por hacer el mal, sino por la verdad.

Después de tres días lo pusieron en un foso profundo, oscuro y asqueroso donde no podía ver ni luna ni sol. Él no podía saber si era de día o de noche. También era tan húmeda que se podría la ropa que tenía puesta y se quedó casi desnudo. Por mucho tiempo no tuvo ni una prenda para ponerse, solamente un abrigo áspero con el que se envolvió, y así se sentaba en miseria y oscuridad. La camisa que tenía se había podrido tanto que solamente le quedó el cuello, el cual colgó en la pared.

Una vez cuando estos hijos de Pilato lo sacaron para tratar de hacerlo apostatar, la luz hería tanto sus ojos que se sintió mejor al ser bajado otra vez al foso oscuro. Por la suciedad de este hoyo, también salía un hedor tan repugnante que cuando lo sacaron, todos se alejaron de él. Aún los miembros del concejo decían que nunca habían encontrado una peste tan horrible. En ese foso también había muchos bichos. Por un tiempo protegía su cabeza con un sombrero viejo, que por compasión alguien se lo había tirado. Al principio Hans se espantó mucho, pero luego se acostumbró. Los bichos también le comían la comida. Cuando le bajaban su comida tenían que comer todo de una vez antes de poner el plato en el suelo, porque de otra manera los bichos cubrían el plato y no le dejaban comer. A veces los bichos también se metían en su bebida.

Sin embargo, su aflicción más grande en toda esta prueba era que no recibía ninguna carta de sus hermanos ni de la iglesia. En ese tiempo, un siervo del Señor llamado Hans Mein tenía un gran deseo de oír algo del hermano, y le mandó palabra al foso diciendo que si él se encontraba firme en la verdad que le mandara una seña. La miseria y pobreza del hermano era tan grande que ni una paja podía hallar. De repente pensó en el cuello que había colgado en la pared. Agarró el cuello que se había podrido y se lo mandó a Hans Mein como una señal de que su fe no había cambiado, sino que permanecía firme en Dios. Tampoco deseaba ropa de los hermanos, los cuales le ofrecieron, pues él les dijo que si las autoridades llegaran a descubrirlo, lo mandarían al potro otra vez para que divulgara sus nombres.

De esta manera, él yacía en ese foso asqueroso todo el verano hasta el otoño, hasta que lo sacaron por el frío que hacía, y lo echaron a otra cárcel. Allí tuvo que pasar más de ocho meses con una mano y un pie en el cepo. Durante todo ese tiempo no podía ni acostarse ni sentarse bien. Tuvo que mantenerse parado y tuvo que soportar muchos reproches y burlas de la gente incrédula que decía: “Mira, allí esta un hombre santo; no hay otro tan sabio como él. Él es luz del mundo y testigo de su Dios y su iglesia”; y otras burlas que le echaron en la cara.

La señora del castillo mandó llamar a Hans y le indujo a que se retractara y así obtener su libertad; pero al no aceptar lo que ella propuso, Hans tuvo que pasar otro invierno en la cárcel.

Entonces llegó una orden del concejo de Innsbruck, la cual los señores la leyeron a Hans. Su contenido era lo siguiente: Puesto que él era tan terco, lo iban a mandar al mar. Iba a salir la mañana siguiente para darse cuenta de cómo los malhechores son desnudados y castigados.

Dejaron a Hans salir de la prisión y caminar en el castillo por dos días para aprender a andar otra vez. Por el maltrato que había recibido en el cepo y los grilletes, no podía caminar muy bien. Él estuvo en la cárcel por casi dos años, y no había visto la luz del sol durante un año y medio. Le asignaron un guardia que lo llevaría al mar. Entonces se despidió de todos del castillo, exhortándoles que se arrepintieran. Luego, el guardia llevó a Hans camino hacia el mar.

Después de dos días de viaje, el guardia se embriagó en una taberna de Niederdorf. En casa, en lugar de ir a su cama, se acostó en una mesa e inmediatamente se durmió como una bestia, y se cayó de la mesa. Cuando Hans vio esto, abrió la puerta del cuarto y de la casa, y cerrándolas con llave se fue.

De esta manera, Dios le ayudó a escapar de noche en el año 1559, y regresó con paz y gozo a la iglesia del Señor y a sus hermanos. Con esto podemos ver como Dios socorre y ayuda a sus hijos, y como Él, por medio de la fe firme que tienen sus hijos, puede dar paciencia y fuerza en el sufrimiento a los que se adhieren a Él de corazón.

Joris Wippe, ahogado en secreto, Holanda 1558 d.C.



Joris, momentos antes de ser ahogado en un barril lleno de agua


Mientras Joris Wippe vivía en la oscuridad del papado, era el burgomaestre de la ciudad de Meenen, Flandes. Pero habiendo venido al conocimiento del evangelio, tuvo que huir de la ciudad rumbo a Dortrecht, Holanda, donde vivió como tintorero. Al llegar a ser conocido en poco tiempo por la instigación de algunos enemigos, fue llamado a presentarse delante de las autoridades. Algo alarmado por lo que sucedía, Joris consultó con algunos hombres de influencia para los cuales él realizaba su trabajo. Ellos le aconsejaron que debería presentarse a las autoridades y oír lo que le dirían, pues tenían plena confianza en el magistrado.

Cuando Joris se presentó y los señores del pueblo lo vieron, se consternaron y habrían preferido que él hubiese tomado su cita al magistrado como una advertencia para escapar secretamente, pues ellos no tenían sed de sangre inocente. Pero ya que él se había presentado, el juez se apoderó de él como de alguien que debía perder su vida y sus propiedades de acuerdo al decreto imperial. Esto sucedió el 28 de abril de 1558. Después de su arresto, las autoridades intentaron por todos los medios salvarlo de la muerte, pero no lo lograron.

Él dejó un buen testimonio en cuanto al favor que mostraba con los pobres. E incluso cuando fue sentenciado a la muerte, el verdugo lamentó con lágrimas en sus ojos, ya que él tenía que llevar a la muerte al hombre que había provisto alimento para su propia esposa e hijos. Por tanto el verdugo prefirió dejar su oficio que matar a un hombre que le había hecho mucho bien a él mismo y a muchos otros y nunca había dañado a nadie.

Por consiguiente, en medio de la noche fue ahogado en un barril lleno de agua por uno de los que tenían por oficio capturar a delincuentes, el cual, llevando a cabo el oficio del verdugo, lo empujó hacia atrás y Joris cayó de cabeza al barril lleno de agua.

De esta manera, ofreció su vida al Señor a los 41 años de edad. Al día siguiente, Joris fue colgado de pies en el lugar de las ejecuciones de la ciudad como un objeto de escarnio delante del pueblo. Así, igual que su Maestro, fue contado entre los malhechores.

Joris escribió varias cartas en prisión, tres de las cuales han llegado a nuestra posesión.

Primera carta de Joris Wippe escrita a su esposa

“Te deseo gozo y alegría eterna, mi queridísima esposa y hermana en el Señor, a quien amo en Dios. Amén.

“No te fijes en el gozo y placer de este mundo, pues todo lo que el hombre siembra, eso también segará. Tu modestia, obediencia y amor a Dios sean un modelo y ejemplo para nuestros queridos y obedientes hijos, los cuales el Señor nos ha dado para su alabanza y gloria. Sé diligente cuando les enseñes y los amonestes. Hagan lo mejor que puedan para poder verlos a todos ustedes en la resurrección de los justos. Estén siempre contentos y fijen su corazón y mente en el Dios vivo, porque Él no abandonará a las viudas y a los huérfanos, sino que sus ojos los contemplan y su oído está abierto a sus oraciones.

“Oh querida esposa, ora al Señor por mí mientras me encuentre en este pobre y débil cuerpo. Y te agradezco afectuosamente por enviarme tus exhortaciones, que son un alimento para el alma. También te agradezco por las cosas temporales.

“Escrito por mí, Joris Wippe, tu esposo y hermano en el Señor, preso en Hague, Holanda, por el testimonio de Jesucristo.”

Segunda carta de Joris Wippe escrita a su esposa

“Gozo que dura para siempre, gracia y paz de Dios nuestro Padre celestial, por medio de Jesucristo nuestro Señor y el gozo del Espíritu Santo en tu corazón y consciencia, sean contigo, mi muy amada esposa y hermana en el Señor.

“Te informo con gozo que mi mente, corazón y alma aún están fijos en el Dios y Padre. Su palabra es verdad; y sus mandamientos, vida eterna. Cristo fue delante de nosotros con mucha miseria y tribulación. Y nosotros debemos seguir sus pasos, ya que el siervo no es mayor que su señor. Pues Él muy bondadosamente nos amonesta que observemos esto, diciendo: ‘Si ellos me han perseguido, también a ustedes los perseguirán. Todas estas cosas harán con ustedes porque no me han conocido a mí ni a mi Padre.’

“Piensa en la pobre y afligida viuda que echó dos moneditas en las ofrendas, y Cristo dijo que había echado más que todos, para que seas hallada como una verdadera viuda delante del Señor, que ha lavado los pies de los santos, consolado a los afligidos, criado hijos en el temor de Dios y diligentemente ha seguido toda buena obra…

“La paz de Dios sea contigo. Escrito por mí, Joris Wippe, tu esposo, en cadenas, Hague, Holanda.”

Tercera carta de Joris Wippe escrita a sus hijos

“Mis queridos y obedientes hijos, les deseo una vida piadosa y virtuosa en el temor de Dios todos los días de sus vidas para la alabanza del Padre y la salvación de sus almas.

“Me encuentro en cadenas aquí por el testimonio de Jesucristo. Confío en ustedes, mis tres queridos hijos, que honrarán a su pobre madre todos los días de su vida, pues ella les trajo con gran sufrimiento y dolor. Si ustedes persiguen la justicia y buscan caminar en el temor de Dios y guardan sus mandamientos, nos encontraremos en el rebaño con todos los hijos de Dios en la resurrección de los justos. Yo les amonesto a que nunca consientan el pecado, ni se rebelen contra los mandamientos del Señor. Coman su pan con el hambriento y den a los necesitados de lo que el Señor les da.

“A ti, mi querida hija, te encargo a ser obediente a tu madre. Aprende a leer y a ser diligente en toda buena obra, y pasa tus días en santidad y en el temor de Dios, como Sara la esposa de Tobías (Tobit 3:15), no te asocies con las hijas sensuales de este mundo, cuyo fin será la destrucción. Adórnate con toda virtud, para que cuando Cristo nuestro novio venga, estés preparada como las cinco vírgenes prudentes para entrar con el Novio al reino del Padre.

“Ustedes tres, trabajen diligentemente con sus manos, lo cual es honroso, recordándoles las palabras del apóstol: ‘Es más dichoso dar que recibir.’ Adornen la doctrina de Dios nuestro salvador en todas las cosas. Pasen el tiempo que Dios les da en toda justicia, orando a Dios que Él les guarde de todo mal. No tengan compañerismo con los hijos de este mundo para que no sean partícipes de sus obras malas. Siempre caminen con hombres sabios y llegarán a ser sabios. Nada se oculta de los ojos de Dios. Sus ojos son como una llama de fuego.

“Ahora me despido de ustedes para siempre, mis queridos hijos hasta la resurrección. Les encomiendo a Dios y a las palabras de su gracia. El Espíritu de Dios les consuele y fortalezca en toda justicia.

“Escrito por mí, Joris Wippe, su padre, preso en Dortrecht por el testimonio de Jesucristo.”

Hans Smith, Hendrick Adams, Hans Beck, Mathijs Smit, Dileman Snijder y siete otros, sorprendidos en una reunión, 1558

Hans Smith, un ministro de la palabra de Dios, fue enviado por la iglesia a buscar y reunir a aquellos que anhelaban la verdad. Él viajó a los Países Bajos donde, junto con cinco hermanos y seis hermanas, fue arrestado en la ciudad de Aix-la-Chapelle.

En una noche, mientras se hallaban reunidos en una casa para hablar sobre las Escrituras, fueron sorprendidos. Muchos hijos de Pilato vinieron a aquel lugar, sirviéndose de un traidor, con lanzas y espadas desnudas; provistos de cuerdas y cadenas, sitiaron la casa y ataron a estos hijos de Dios. E incluso arrestaron a una mujer que tenía un bebé en su cuna. Pero los prisioneros eran valientes y se animaban el uno al otro para no desmayar, ya que eran encarcelados por la verdad de Dios. Hasta comenzaron a cantar de gozo. Y pronto fueron confinados en celdas separadas.

Sorprendidos en una casa mientras estaban reunidos escuchando la predicación de Hans Smith, el mensajero para esa iglesia cuya carrera allí terminó: todos fueron encarcelados.


En la mañana siguiente, cada uno por separado fue llevado delante del juez y los volvieron a la cárcel al ver su firmeza. Sin embargo, el día siguiente, Hans Smith el ministro se presentó por segunda vez ante las autoridades. Le preguntaron a cuántos había bautizado, quiénes eran y dónde se realizaban sus reuniones. Pero él les dijo que prefería perder su vida antes de ser un traidor. Por tanto, fue torturado por un cuarto de hora, a lo cual se sometió voluntariamente, quitándose la ropa y caminando hacia el potro de tormento. Y ya que los señores no lograron nada con eso, salieron y retornaron pronto y dijeron: “Tienes que respondernos o te torturamos hasta romper los miembros de tu cuerpo.” Entonces lo colgaron de sus manos y luego ataron una piedra pesada a sus pies y lo suspendieron en el aire por un tiempo; sin embargo, no lograron su propósito, y lo echaron a la prisión hasta el domingo en la mañana.

En otra ocasión, cuando los señores, acompañados por sacerdotes, le preguntaron sobre los magistrados, si éstos debían ser considerados cristianos o no. Él respondió que los observaba como ministros de Dios, pero engañados por los sacerdotes. Volvieron a preguntarle si eran ellos cristianos o no. Hans les respondió que si ellos se negaran y abandonaran a sí mismos, y tomaran la cruz y abandonaran la pompa y la tiranía para seguir a Cristo, podrían ser cristianos; mas no de otro modo. Al ser cuestionado sobre el juramento, respondió que Cristo lo había prohibido.

El 23 de agosto fue el día fijado para la ejecución del ministro Hans y del hermano Hendrick. Ambos fueron traídos a la corte; luego caminaron sonriendo entre la gente al lugar de la ejecución. Estaban llenos de gozo y esperanza, puesto que entrarían juntos al paraíso. Sin embargo, las autoridades, esperando conseguir que se retractaran, despidieron al pueblo, y a ellos los volvió a echar en la cárcel; lo cual les produjo mucha tristeza, ya que esperaban sellar la verdad con su sangre. Permanecieron en la cárcel hasta el otoño y tuvieron que sufrir y ser tentados mucho; después de lo cual fueron condenados y ejecutados.

Hans Smith fue ejecutado primero. Mientras era llevado por en medio de la ciudad, cantó alegre. No habló mucho; caminó tranquilo al lugar de la muerte, como un cordero mudo. Allí fue estrangulado con una cuerda; luego encadenado y entregado al fuego. Así ofreció su sacrificio el 19 de octubre de 1558.

Tres días después, Hendrick y su hermano Hans Beck, sufrieron la violenta oposición de las autoridades, las cuales viendo la firmeza de los hermanos, enojados dijeron: “Fuera con ellos. A la muerte y al fuego. Todo se pierde con ellos. No se les debe conceder más perdón.” En consecuencia, estos dos hermanos fueron estrangulados en la estaca (como previamente lo había sido el ministro Hans), y luego los ataron con cadenas en la estaca para ser quemados.

Los otros restantes fueron ejecutados el 4 de enero de 1559. Ellos testificaron con su sangre la verdad divina.

Leer el proximo Capítulo --LOS MÁRTIRES DE 1559-65 d.C

  • volver al indice