CAPÍTULO 12 LOS MÁRTIRES DE 1567-70

Cristian Langedul, Cornelio Claes, Mateo de Vick y Hans Simons, torturados horriblemente, 1567 d.C



Cristian y sus tres compañeros llevados a la choza donde morirían asfixiados por el humo y quemados por el fuego.


En la mañana del día domingo 10 de agosto de 1567, Cristian Langedul salió para llevar una carta a su hermano R. L. y luego se dirigió a Amberes para ayudar a resolver un problema entre sus amigos.

Dicho encuentro había sido espiado. Un capitán llamado Lamotte se presentó allí bajo el pretexto de buscar a sus soldados y, en medio de la reunión, entró a la casa donde estaban reunidos con soldados armados e inmediatamente envió a su siervo a llamar al comisario. Mientras tanto, Cristian conversaba con el capitán sobre lo que estaba sucediendo.

Cuando el comisario llegó montado en su caballo, tomó a Cristian y a los que estaban con él, Cornelio Claes, Mateo de Vick y Hans Simons y los llevó a la cárcel. Allí fueron tan cruelmente torturados que temían más la tortura que la muerte, como Cristian lo mencionó en una carta a su esposa.

Habiendo pasado más de un mes anhelando oír su sentencia, finalmente fueron sentenciados a muerte. Cuando les informaron que iban a morir, ellos se llenaron de audacia y ánimo; sin embargo, Cristian lamentó grandemente por su esposa e hijos, especialmente en esta última noche; pues la congoja de ellos causó una gran tristeza en su corazón.

El sábado 13 de noviembre muy temprano, estos cuatro amigos fueron llevados de dos en dos a la plaza principal de la ciudad, donde se hallaban soldados bien armados formando círculos.

En medio de la plaza habían preparado cuatro estacas dentro de una choza de paja, en la cual iban a ser quemados. Mientras caminaban hacia este lugar, Mateo dijo a la gente: “Ciudadanos, si sufrimos aquí es por la verdad; porque vivimos según la palabra de Dios.” Hans Simons exhortó a sus hermanos a no temer a los que matan el cuerpo. De esta manera llegaron a la plaza para ser sacrificados. Allí, el asistente del verdugo tomó primero a Cristian y lo ubicó en la estaca dentro de la choza, y de allí Cristian animaba a sus hermanos a que contendieran valientemente por la verdad, los cuales se dieron el uno al otro el último beso de la paz. Luego, los tres también fueron atados a las estacas. Y con el propósito de que el pueblo no les oyera hablar, tocaron tambores fuertemente cerca de la choza. El verdugo los estranguló y luego prendió fuego a la choza. De esta manera estos cuatro amigos llegaron a un fin dichoso de acuerdo a las palabras del Señor: “El que persevere hasta el fin será salvo” Mateo 10:22.

FRAGMENTOS DE CARTAS DE CRISTIAN LANGEDUL ESCRITAS DURANTE SU ENCARCELAMIENTO

Primera carta de Cristian a su esposa

Te deseo gracia y paz todos los días de tu vida.

Mi amada esposa y hermana en el Señor… he disfrutado grandes alegrías y consuelo durante este breve tiempo en la prisión; sin embargo, el Señor sabe también de mi gran tristeza y de mis lágrimas por causa de ti y de nuestros hijos.

Mi querida esposa, mantén buen ánimo en todos tus sufrimientos debido a mi causa; porque los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que se manifestará en nosotros… Tengo confianza de que no me afligirás más de lo que estoy debido a la presión de mi esperada ejecución. Sé que eres muy valiente para eso… espero que el Señor nos fortalezca hasta el final… Espero verte después de esta vida. En la vida eterna nunca más nos separaremos. Te encomiendo al Señor.

Escrito por mí, tu débil esposo, Cristian Langedul, desde la prisión por el testimonio del Señor.

Segunda carta de Cristian a su esposa

Te hago saber, mi querida esposa que ayer nosotros cuatro fuimos severamente torturados uno después del otro. Cornelis el zapatero fue el primero; luego Hans Simons. Mi turno vino después. Cuando me acerqué al potro de tormento, los señores allí presentes me dijeron: “Desvístete tú mismo o dinos dónde vives.” Entonces me desvestí y me resigné al Señor para morir; entonces me ataron en el horrible potro: rompieron dos cuerdas durante la tortura al estirar mis muslos y tobillos… Y vertieron mucha agua en mi nariz y en mi cuerpo. Luego me preguntaron: “¿Aún no nos dirás?” pero yo no abrí mi boca. Entonces los señores dijeron a los verdugos: “Vayan otra vez y estírenle la otra pierna.” Así, ataron con cuerdas mi cabeza, mis muslos y tobillos. Me dejaron tendido en el suelo y me gritaron: “Dinos, ¿dónde viven tu esposa y tus hijos?” Pero yo no dije ni una palabra. El Señor guardó mis labios. ¡Qué espantoso! Teníamos más temor a ser torturados una segunda vez que a la misma muerte…

Después fue torturado Mateo. Él nombró la calle y la casa donde vivimos, y dijo que había una puerta. Pero yo no recuerdo ninguna puerta en esa calle. También nombró la casa de R.T. y la calle donde vive F.V. Esfuérzate y salva del peligro a estas personas. Mateo está muy triste por lo que dijo.

De tu esposo C.L. en la prisión de Antwerp, 12 de agosto de 1567.

Jacobo Dircks, con sus dos hijos, Andrés Jacobs y Jan Jacobs en el año 1568 d. C.

En este tiempo sangriento y peligroso de persecución, el piadoso Jacobo Dircks y sus dos hijos: Andrés Jacobs y Jan Jacobs, también cayeron en manos de los tiranos. Jacobo Dircks, un sastre de oficio, residía con su familia en Utrecht. Ya que los duques lo querían apresar, él huyó a Antwerp por temor a los tiranos. Su esposa, no habiendo aceptado la misma creencia religiosa, permaneció allí por un tiempo más. Entonces las autoridades se apoderaron de su propiedad y agarraron casi la mitad.

Durante el tiempo que Jacobo Dircks vivió en Antwerp con su familia, su esposa falleció. Habiéndose escapado de las manos de los tiranos en Utrecht, él y sus dos hijos después cayeron en las garras de los lobos en Antwerp, donde la prueba de su fe fue hallada mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero, se prueba con fuego. 1 Pedro 1:7. Éstos fueron condenados juntos para ser quemados, cada uno en una estaca. Sufrieron esto por causa de la verdad divina, habiendo vivido de acuerdo con ella, y no por haber cometido algún crimen. En el camino hacia el lugar de su muerte, el hijo menor de Jacobo Dirck llamado Pedro Jacobs, se encontró con ellos, y con sus brazos asió a su padre del cuello. Entonces las autoridades lo arrebataron cruelmente y lo echaron debajo de los pies de la multitud que seguía. Fácilmente se puede imaginar la tristeza del padre y de los hijos cuando vieron esto.

El hijo menor de Jacobo Dirks, abrazando a su padre en el camino a su muerte


Cuando este padre y sus dos hijos fueron puestos cada uno en una estaca, preguntó: “¿Cómo están ustedes, mis queridos hijos?” y cada uno respondió: “Muy bien, mi querido padre.” Andrés Jacobs estaba comprometido con una novia en este tiempo. Su novia y la hermana de él, con corazones llenos de tristeza y sus ojos llenos de lágrimas observaron de lejos su muerte. Vieron como su novio y hermano prefirió mejor dejar a su novia temporal, puso a un lado las relaciones temporales para escoger al Esposo eterno Jesucristo sobre todas las cosas visibles. Cada uno de estos héroes fue estrangulado y luego quemado, sellando de esta manera la verdad con su muerte y con su sangre el día 17 de marzo de 1568. Por tanto, éstos también, debido a su severa y dolorosa fatiga, escucharán la voz dulce de Cristo: “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. Y otra vez el Rey dirá: “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo” Mateo 25:23, 34.

Peter Beckjen, quemado vivo por el testimonio de Jesucristo en Ámsterdam, Holanda, 1569



Peter Beckjen en su barca, reunido con otros discípulos leyendo las Escrituras, lejos de la ciudad de Ámsterdam.


Las espantosas muertes en estacas de los inocentes seguidores de Cristo no eran suficientes en este tiempo para disuadir de la práctica de un verdadero cristianismo al hermano, precioso y fiel testigo del Señor llamado Peter Beckjen. Éste reunía en su barca a la pequeña manada de cristianos oprimidos que residían cerca de Ámsterdam para edificarse los unos a los otros con las Escrituras.

En este tiempo, la esposa de Peter dio a luz a un bebé; y Peter llevó a su hijo recién nacido a un lugar seguro de la superstición de los papistas, donde no podría ser bautizado.

A pesar de la crueldad de los gobernadores de la oscuridad, él mostraba celo en todo lo concerniente al servicio de Dios, hasta que finalmente fue denunciado ante los magistrados de la ciudad de Ámsterdam. Fue encarcelado, espantosamente torturado y por último, puesto que él no apostató, fue sentenciado a ser quemado vivo.

En su sentencia están escritos los cargos contra él: abandonó a la madre Iglesia de Roma, llevaba a cabo reuniones prohibidas en su barca y no permitió que su hijo sea bautizado según las ceremonias de la antigua Iglesia Católica de Roma: cosas que son crímenes contra la majestad divina y secular y que perturban la paz. Por lo cual lo condenaron al fuego según el decreto imperial y confiscaron todos sus bienes.

Su sentencia se halla preservada en el libro de sentencias criminales entre los archivos de la ciudad de Ámsterdam.

Dirk Willems: el amor verdadero, 1569 d.C

En el año 1569 un fiel y piadoso seguidor de Jesucristo, llamado Dirk Willems, fue arrestado en Asperen Holanda. Él tuvo que soportar una tiranía severa de parte de los sacerdotes. Puesto que no había fundado su vida sobre la arena movediza de mandamientos humanos, sino sobre la roca firme, que es Jesucristo, permaneció constante hasta el fin. Por lo tanto cuando aparezca el Príncipe de los pastores en las nubes del cielo (1 Pedro 5:4) y recoja a sus elegidos de todas partes del mundo, oirá este hermano también las palabras: “Bien buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” Mateo 24:31; 25:23.

El hermano Dirk Willems fue aprehendido mientras huía de un hombre encargado de capturarlo. Los dos, con mucho riesgo de hundirse, corrían sobre el hielo de un río congelado (era invierno), y el hermano Dirk apenas alcanzó llegar a la ribera. Cuando el perseguidor corría sobre el hielo, éste se quebró, y el hombre comenzó a hundirse. Cuando el hermano se dio cuenta que su perseguidor estaba en peligro de perder su vida, regresó para rescatarlo del agua congelada. Después de ser rescatado, el perseguidor quería dejarlo libre, pero el magistrado le gritó duramente a él, e insistió que lo agarrara. Entonces capturó al hermano Dirk y lo echó en la cárcel.

Dirk Willems rescatando la vida de su perseguidor, Holanda 1569


Después de un severo encarcelamiento, y grandes pruebas de parte de los papistas, lo sentenciaron a morir a fuego lento. Dirk lo soportó hasta el fin con gran firmeza. Con su muerte y sangre, confirmó la fe de la verdad. Él es un ejemplo instructivo para todos los cristianos de este tiempo y para la eterna desgracia de los tiranos seguidores del Papa.

Las memorias de los que estaban presentes durante la muerte de este testigo fiel de Jesucristo, atestiguan que este relato aconteció fuera de Asperen. Un viento fuerte del este causó que las llamas no alcanzaran la parte superior de su cuerpo, mientras que estaba en la estaca. En consecuencia, Dirk sufría una muerte lenta, tanto que fue oído exclamar más de setenta veces: “¡Oh, mi Señor, mi Dios!” El magistrado que estaba presente, se llenó de tristeza y de lástima por los sufrimientos del hombre, y estando montado a caballo, dio vuelta para no mirar al lugar de la ejecución, y dijo al verdugo: “Termina con él con una muerte rápida.”

De qué manera el verdugo lo hizo no se llegó saber, pero sí que su vida fue consumida por el fuego, y que el hermano pasó por el conflicto con gran valor, habiendo encomendado su alma en las manos de Dios.

Jacob de Roore y Hermán van Vleckwijck, quemados vivos en la estaca en Flandes por el testimonio de Jesucristo el 10 de junio de 1569



Jacob de Roore en disputa con los enviados del Papa dentro de la cárcel, 1559


El hermoso país de Flandes, cerca del año 1569 parecía una cueva de asesinos donde mataban sin vacilar a los seguidores de Cristo; los mataban por medios sumamente horrorosos, es decir, por el fuego. Esto causó una profunda tristeza para muchos que lo vieron llorando. Había entre muchas otras personas, dos héroes valientes, campeones de Jesucristo. Uno de ellos era Jacob de Roore, un líder de la iglesia, un hombre temeroso de Dios, inteligente, bondadoso y elocuente, que arriesgó su vida para guiar y alimentar al rebaño de Jesús por los pastos verdes de la verdadera enseñanza del evangelio por los bosques y los desiertos. El otro era Hermán de Vleckwijck, un hermano de mucho talento, el cual tenía muchos dones de Dios.

Ambos fueron llevados presos a Bruges, una ciudad flamenca, donde fueron severamente tentados por los católicos, quienes buscaron apartarlos de la verdad; pero como ellos estaban basados en la roca segura, Jesucristo, su casa también permaneció firme y no pudieron ser conmovidos. Por tanto, las autoridades, instigadas por los católicos, los mataron, quemándolos hasta reducirlos a cenizas. Esto ocurrió el 10 de Junio de 1569. El siguiente poema fue escrito sobre ellos:

El 10 de junio, en la ciudad de Bruges
Rodeados por las llamas ardientes, Jacob y Herman
Testificaron ante el mundo, la palabra de Dios,
Sellándola con la sangre de sus corazones.
Así trajeron sus sacrificios
Al Dios todopoderoso que habita los cielos.

Abraham Picolet, Hendrick van Etten y Maeyken van der Goes, 1569 d. C.

En la ciudad de Antwerp había un tal Abraham Picolet, que conocía bien a Hendrick van Etten y a Herman N. Éste iba a volver a su casa y pidió a Abraham que lo acompañara una distancia para regocijarse juntos, cantando y platicando sobre la palabra del Señor. Así se despidieron después de haberse animado en el Señor. En ese tiempo había una gran persecución bajo el duque de Alba. Mientras caminaban por el bosque, fueron detenidos por el alguacil de Borgerhout. Él vio que tenían varios libros, incluso un Nuevo Testamento, y los interrogó detenidamente y los llevó presos a Antwerp. Pero el dicho Herman no estaba fundado sobre la piedra principal y su casa no duró. Cuando lo interrogaron, el confesó haber ido a la misa el día de Pascua aunque eso no era cierto. El sacerdote también afirmó que era cierto, y así salió de la cárcel. Pero los otros dos, sosteniéndose en su fe, atravesaron muchos conflictos y discusiones con los filósofos ciegos, que se esforzaron mucho para apartarlos de la verdad. Pero ellos huyeron y se refugiaron en su capitán, y no fueron abandonados; pues, su fe crecía cada vez más. De esta manera anhelaron el día de su liberación: el día de su martirio. Romanos 7:24. Eran muy diligentes, escribiendo muchas cartas exhortando a sus conocidos. Por sus cartas y su firmeza ganaron a algunos aún en las cadenas. Filemón 10. Después de un tiempo, los tiranos, viendo que no iban a apartarse de la verdad, los sentenciaron a muerte. Ellos estaban de buen ánimo y firmes. En camino a la ejecución Abraham dijo: “Si alguno de ustedes sufre que no sea por asesino, ladrón o criminal, ni por entrometerse en asuntos ajenos. Pero si sufre por ser cristiano, no debe avergonzarse, sino alabar a Dios por ello” 1 Pedro 4:15, 16.

Hendrick habló muy poco, pero se veía claramente que no tuvo temor. Se pararon delante de los jueces y escucharon leer sus sentencias. Después Abraham agradeció a las autoridades por haber tratado con él y dijo que había pedido al Señor que los iluminara. También una mujer, Maeyken van der Goes, era sentenciada a la misma muerte. Ella siguió valientemente a su esposo que había sido sacrificado antes que ella. De este modo, los tiranos satisficieron sus deseos con estos tres corderos llevados a la matanza, y los quemaron al día siguiente después de sujetar sus lenguas con tornillos para impedirles hablar. Pero en todo esto, ellos vencieron valientemente por medio de Cristo, que los esforzó. Sin temor, avanzaron con Josué y Caleb para poseer la tierra prometida. Así consolaron y fortalecieron a muchos que los vieron. Después de haber sido quemados, dieron sus cuerpos a las aves.

Una carta de Abraham Picolet a sus hermanas

Que la abundante gracia y la eterna paz de Dios, nuestro Padre celestial, y el Señor Jesucristo quien es el padre de misericordia y el Dios de toda consolación les dé la sabiduría cristiana, una fe constante, una mente firme y un verdadero entendimiento de la palabra divina en la verdad: esto les deseo, queridas hermanas, con todo mi corazón. Amén. Romanos 1:7; 2 Corintios 1:3; Mateo 24:13

Sepan, hermanas mías, que yo, Abraham, su hermano, encarcelado por causa de la palabra de Dios, que su amor sepa que yo recibo fuerza y valor de parte del Señor; espero seguir firmemente en Él, y puesto que Él no me abandona yo confío que con la ayuda del Señor he de confesar su palabra divina delante de los hombres ciegos mientras tenga vida, pues, veo y siento que Él nos muestra gran ayuda. Gracias a Él por la gracia que me muestra… Sepan, hermanas mías, que me he alegrado muchas veces al escuchar que ustedes también decidieron seguir al Señor, que se adhirieron a la verdad eterna todos los días de sus vidas, y sirven y temen a Cristo, porque Él es el camino, la verdad y la vida.

Sepan, hermanas mías, que en la tarde del sexto día de este mes, fui llevado a N. N., una autoridad, y al carcelero y a otro hombre los cuales tomaban vino en la mesa. El carcelero me dijo: “Abraham, tú tienes que venir a la corte el día martes.” En mi conversación con ellos, me preguntaron si ellos iban a ser salvos. Yo les respondí: “El apóstol Juan dice: ‘Él que dice, yo conozco a Dios, y no obedece sus mandamientos, es un mentiroso.’” 1 Juan 2:4. No pude terminar lo que quise decir, porque ellos me interrumpieron. También cité lo que el apóstol dijo que ni los que cometen inmoralidades sexuales, ni los borrachos, ni los asesinos, ni los mentirosos, ni los orgullosos, ni los chismosos, ni los glotones, ni los que hacen cosas parecidas heredarán el reino de Dios, ni tienen a Dios. 1 Corintios 6:9, 10. Ellos me interrumpieron de nuevo, porque el Señor me ayudó tanto a hablar que ellos no pudieron soportarlo.

Hablamos muchas cosas más, pero no pude terminar lo que iba a decir, aunque era éste mi deseo, puesto que un hombre honesto estuvo presente. Aquél reprendió al carcelero por haberse enojado. Entonces el carcelero me trajo un vaso de vino y yo le agradecí, diciendo: “¡Salud!” Él me preguntó porqué no dije, “Dios te bendiga.” Yo le dije, “No debemos tomar el nombre del Señor como lo hacen los fornicarios y los borrachos.” Esto lo enojó tanto que me llevaron sin darme el vino. Alabado y agradecido sea el Señor por su gracia y por dar a los suyos todo lo necesario para su salvación. Me dijeron, hermanas mías, que hicieron esto sólo para ver si yo me apartaría del Señor; pero sé que ellos nunca me inducirán a abandonar mi fe.

Disculpen por mi carta sencilla. Yo anhelo mucho el día de nuestra salvación. En la noche que escuché que nuestra salvación estaba cerca, me regocijé tanto que mis lágrimas cayeron. Alabado sea el Señor por su gran gracia. Esperemos nuestro tiempo con confianza y paciencia. Quizás ellos pensaron asustarme, pero yo me regocijé. Alabado sea el Señor que me da tanta fuerza. ¡Oh mis hermanas! ¿No debemos regocijarnos en la esperanza de ser librado de toda tristeza por la gracia del Señor? ¡Ojala fuéramos dignos de ello! ¡Cuán gozoso sería para mí! Sin embargo, yo lo espero por la gracia del Señor, aunque no lo merezca. ¡Ojalá el horno ardiente estuviera preparado! ¡Ojalá me encontrara en la puerta estrecha, donde uno tiene que dejar la carne y la sangre, para que todo llegue a su fin!

Oh mis queridas hermanas, siento tanto ánimo y recibo tanta fuerza del Señor que no puedo expresarlo. Que Él sea alabado para siempre por su gran gracia que me muestra. Veo que es cierto: el que confía solamente en el Señor, tiene tanto gozo en sus sufrimientos, que nadie puede saberlo excepto el que lo experimenta.

Adiós. Las encomiendo al amor en la gracia. Oren a Dios por mí. Yo haré lo mismo por ustedes.

Escrito por mí, su débil hermano, Abraham Picolet.

Una carta de Clemente Hendrick a su padre y su madre, escrito desde la cárcel en Ámsterdam donde él dio su vida por el conocimiento de la verdad.

Un saludo muy amistoso a ustedes, mí querido padre y mí querida madre. Les informo que sigo con buen ánimo y salud, y espero que ustedes también se encuentren así.

Además, mi querido padre y madre, quiero informarlos cómo me va en mis cadenas. No puedo agradar suficientemente al Señor porque me consuela tanto en mis aflicciones. Tengo el firme propósito de temer al Señor mientras siga aquí, aunque la carne y la sangre sufran.

También les informo cómo me arrestaron. Había salido a una invitación el miércoles en la noche y estábamos hablando de volver a casa, cuando los guardias nos encontraron. Nos llevaron arriba a Floris den Bral el cual nos preguntó de donde veníamos, si habíamos asistido a una reunión de la nueva religión (el anabaptismo). Dijimos: “No.” Él nos pidió que confirmáramos eso con un juramento. Yo le dije. “¿Por qué no me crees? Mi intención es decirte la verdad.” Pero él insistió que juráramos y cuando lo rehusamos, él dijo: “Llévenlos abajo,” y nos llevaron al calabazo como si fuéramos ladrones y delincuentes.

En la mañana nos llevaron arriba de nuevo. El alguacil me dijo: “Clemente.” Yo dije: “Señor alguacil.” Él me preguntó: “¿Cuántas veces has asistido a las reuniones de los menistas?” Yo no le respondí. Entonces fui llevado a otro cuarto, solo. Después, me llevaron a las autoridades de nuevo. Otra vez, el alguacil me preguntó cuántas veces había asistido a las reuniones. Me preguntó si había asistido diez veces. Yo dije, “No.” “¿Ocho?” “No.” “¿Siete?” “No.” ¿Tres veces?” “Sí.” Entonces me preguntó quién había predicado. Yo dije: “No pienso decirte.” También quiso saber la casa y qué personas habían asistido. Le dije que no iba a decirle. Él me dijo que me iba a obligar a decirle. Entonces me llevaron al calabazo.

El día siguiente me trajeron a las autoridades otra vez y el alguacil me preguntó si ahora iba a decirle quién había predicado, dónde nos habíamos reunido y quiénes habían asistido. Yo le dije: “Yo estoy en problemas y no quiero ocasionar lo mismo para otros: Aquí me tienes. Haz lo que quieras conmigo.” El alguacil les dijo a los jueces: “Yo ordeno ponerlo en el potro para desgarrarlo. Llévenlo.” Me llevaron al potro y me desvistieron. Me sentaron sobre el potro y me taparon los ojos. Entonces el alguacil vino y me preguntó si no iba a darle la información y yo le dije que no. Entonces me acostaron sobre el potro y me amarraron con siete cuerdas. Estiraron las cuerdas y yo pensé que iban a romper mis costillas. Echaron orina en mi boca, y acostado en medio de un gran dolor, me golpearon en el pecho. El Señor sabe cómo me trataron. En medio de gran dolor, nombré a cuatro personas; esperaba que no estuvieran en la ciudad. Todo esto duró aproximadamente media hora. Yo les dije que pusieran una soga en mi cuello para matarme de una vez. Cuando soltaron las sogas, no pude levantarme: los siervos tuvieron que ayudarme. De nuevo me volvieron al calabazo.

El día siguiente me llevaron otra vez, y si Joost Buyck no hubiera estado, me habrían torturado de nuevo, aunque casi era incapaz de caminar. El alguacil me preguntó si estuve dispuesto a hablar con un monje. Le dije que el monje se alejara de mí. Volví al calabazo y un sacerdote y un monje vinieron para discutir conmigo. Ellos empezaron a decir muchas cosas sin sentido y a contar fábulas, pero yo guardé silencio. Ellos se enojaron porque yo no les respondí, y uno me dijo que yo estaba poseído por el diablo.

Cuatro días después me llevaron arriba otra vez y me dijeron que me preparara para el sábado. Yo dije: “Si el Señor quiere, yo estoy dispuesto.” Me devolvieron al calabazo y no esperaba otra cosa que ofrecer mi sacrificio el sábado. Un sacerdote vino para exigirme a confesarme ante él. Yo le dije que no, porque él no puede perdonar los pecados. Yo le dije: “La mejor confesión es confesar al Señor mi Dios.” Entonces el alguacil y dos jueces vinieron y me dijeron que me iban a esperar todavía dos semanas, pero yo tenía buen ánimo para entregar mi sacrificio. Filipenses 2:17.

Y ahora sigo con buen ánimo a pesar de la cárcel. Empecé a irritarme por tanta demora. Yo anhelo salir de mi cuerpo y me he resignado con alegría a ofrecer mi sacrificio. El Señor no abandona a los suyos que confían en él. Además, mi querido padre, te informo que recibí tu carta y me regocijé al enterarme que estás contento. Además, mí querido padre y querida madre, les digo adiós si Dios quiere, hasta la venida de nuestro Señor. Que la paz del Señor sea con ustedes eternamente.

Por mí, Clemente Hendricks, indigno preso en el Señor.

Leer el proximo Capítulo --LOS MÁRTIRES DE 1570-73

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