Un nuevo estándar de honradez

"Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5.33–37).

De manera que Jesús les dijo a sus súbditos, sin dejar lugar a dudas, que no deben jurar ni prestar juramentos. Los juramentos nos hacen verdaderamente vulnerables a la posibilidad de tomar el nombre de Dios en vano. Y eso es un pecado grave.

Sin embargo, hay mucho más en este mandamiento de Jesús que una simple precaución en contra del peligro de tomar el nombre de Dios en vano. Jesús estaba estableciendo para sus discípulos un estándar revolucionario de honestidad. Jurar o prestar juramentos era un rasgo distintivo de la sociedad antigua, tanto judía como gentil. La gente usaba los juramentos con regularidad, específicamente en asuntos de comercio, religión y gobierno. ¿Por qué los usaban tan a menudo? Porque no podían confiar los unos en los otros.

Por ejemplo, supongamos que Leví bar José de la Judea del primer siglo va al mercado a comprar un anillo. Allí ve un hermoso anillo de oro que le gustaría tener, pero es muy caro. Es digno del precio que el comerciante está pidiendo… si realmente es oro puro. Entonces Leví le pregunta al comerciante:

—¿Es oro puro?

—Sí, claro —responde el comerciante—. Oro puro.

—Bien —responde Leví mientras acaricia el anillo—. ¿Está usted seguro?

—Por supuesto.

—¿Pero está completamente seguro? —Leví pregunta nuevamente.

—Sí, estoy completamente seguro. Conozco personalmente al joyero que hizo este anillo, y él me ha asegurado que es oro puro —tranquilamente le asegura el comerciante a Leví.

Leví aún se muestra receloso. Él sabe que no puede confiar ni siquiera en su conciudadano judío. De modo que toma el anillo a pulso en un intento por calcular el peso. Luego escudriña el anillo cuidadosamente en busca de algún rasguño que pudiera revelar una base de otro metal. Por fin, Leví empieza a convencerse de que el anillo es oro puro. No obstante, para estar completamente seguro, le dice al comerciante:

—Júreme por el templo que este anillo es todo de oro puro y no simplemente chapado en oro.

El comerciante hace el juramento que Leví le pide. Ahora Leví puede comprar el anillo sin tanta preocupación. Ningún judío temeroso de Dios juraría por el templo si estuviera diciendo una mentira.

Así era la vida cotidiana en el mundo antiguo. Muy pocas personas eran de confianza. Y en aquel tiempo no había ningún Ministerio de Justicia ni agencias del gobierno que pudieran regular el comercio y sancionar a quienes hicieran afirmaciones falsas. De modo que la sociedad acudía a los juramentos, puesto que la mayoría de las personas temía hacer falsos juramentos. Hasta los gentiles veneraban los juramentos, ya que temían el castigo de los dioses si juraban falsamente. En consecuencia, los juramentos llegaron a ser una costumbre arraigada en el comercio, los asuntos legales, los negocios y el gobierno. Ellos hacían posible el funcionamiento de la sociedad.

Sin embargo, por su propia existencia, el sistema de juramentos reconocía que había dos estándares de honestidad. Había un estándar que las personas usaban en las conversaciones normales, y había otro estándar cuando estaban bajo juramento.

No obstante, en su reino, Jesús no tiene ningún estándar doble de honestidad. Al prohibir los juramentos, Jesús estaba presentando un estándar de honestidad completamente nuevo. Para sus súbditos sólo existe un estándar: que vuestro “sí” sea “sí” y vuestro “no” sea “no”. La palabra de un cristiano verdadero es tan válida como un juramento.

Amantes de la verdad

Pero la honestidad y la verdad no se limitan al comercio, la ley y el gobierno. Jesús le dijo a Pilato: “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad oye mi voz” (Juan 18.37). Jesús sólo permite en su reino a los que sean “de la verdad”. El amor a la verdad tiene que penetrar cada fibra de nuestras almas. Y así será, si realmente somos nacidos del Espíritu Santo y continuamos nuestro andar en el Espíritu. Por cuanto Jesús se refiere al Espíritu Santo como el “Espíritu de verdad” (Juan 14.17).

Sin embargo, ¿a cuántos cristianos conoce usted que se apegan al estándar de honestidad del reino? ¿Cuántos cristianos conoce usted cuyo “sí” es “sí” y cuyo “no” es “no”? Siempre que un hermano cristiano le dice algo, ¿sabe usted que puede confiar completamente en la veracidad de sus palabras? O sea, ¿sabe usted a ciencia cierta que no se trata de una mentira, una exageración, o un simple rumor? Cuando un cristiano le dice que hará algo, ¿puede contar con ello absolutamente (excluyendo las interrupciones completamente imprevisibles, tales como un accidente automovilístico)? ¿O pudiera ser que su “sí” signifique “quizá”?

La honradez en nuestro trabajo

Cuando un cristiano es dueño de un negocio, el mundo entero debe saber que el servicio que allí se presta será completamente justo y honrado. Digo que debe saber esto, pero si su experiencia ha sido como la mía, usted sabe que no es así. La triste realidad es que la mayoría de los que profesan ser cristianos realmente no son gente del reino de Dios. Su honestidad y la del mundo son muy similares.

Los cristianos continuamente hacen fraude en sus impuestos, mienten a sus patrones, escriben cheques sin valor y abandonan la ciudad para no pagar sus cuentas. Yo soy abogado, y anteriormente tenía un bufete en la calle principal de nuestra ciudad. Siempre traté de servir bien a mis clientes, y casi todos me pagaron puntual y cabalmente. De hecho, sólo puedo recordar a cuatro clientes que me estafaron con mis honorarios. ¡Y los cuatro eran cristianos! No me refiero a cristianos nominales. Me refiero a personas que hablaban mucho de su cristianismo.

La falta de honradez en la literatura cristiana

La falta de honradez de muchos cristianos no sólo se ve en sus prácticas comerciales, sino incluso en los libros espirituales que escriben. Supuestamente, debería ser posible tomar un libro escrito por un cristiano y saber que podemos confiar en la información que contiene. Pero la verdad es que no es así.

Mike Warnke fue (¡y quizá todavía lo es!) un humorista cristiano muy popular que escribió un libro titulado, The Satan Seller (“El vendedor de Satanás”), el cual se publicó por primera vez en el año 1972. El libro vendió millones de copias, y Mike Warnke se convirtió en una celebridad cristiana y apareció en programas de televisión tales como Focus on the Family (“Enfoque sobre la familia”) y Club 700. En su libro, Warnke cuenta de como él había sido un drogadicto y luego fue reclutado en una secta satánica. Dentro de la secta satánica, él rápidamente ascendió a la posición de sumo sacerdote, y presidió ritos repugnantes y orgías. Además, Warnke afirma en su libro que como sacerdote satánico, él tenía mil quinientos seguidores en tres ciudades como parte de una red de satánicos clandestinos. Es un libro fascinante.

Sin embargo, en 1992 la revista Cornerstone, una publicación evangélica, publicó un artículo en primera plana titulado Selling Satan: The Tragic History of Mike Warnke (“Vendiendo a Satanás: La trágica historia de Mike Warnke”). Su artículo bien documentado desenmascaraba las declaraciones de Mike Warnke. Este artículo no sólo demostraba que el testimonio de Warnke era un fraude, sino también que su vida abrigaba toda clase de pecados graves. Por ejemplo, él recaudaba dinero para proyectos que nunca se realizaron. Y vivía en grave inmoralidad mientras seguía con su ministerio público.1 Desafortunadamente, varios personajes de la industria de la música cristiana contemporánea sabían de la situación, pero no tomaron medidas bíblicas para resolverla.

Ahora bien, podríamos pensar que todos los cristianos estaban sumamente agradecidos con la revista Cornerstone por revelar este fraude escandaloso. Y efectivamente, muchos cristianos escribieron y le agradecieron a Cornerstone por su trabajo investigativo. Sin embargo, la revista y sus editores recibieron una avalancha de cartas de otros cristianos con reproches por haber desenmascarado el fraude. “El hecho es”, dijeron muchos, “que el testimonio de Mike, sin importar cuán falso, ha conducido a miles de personas a Cristo”.

Por ejemplo, a continuación mostramos algunas de las cartas (en forma resumida) que Cornerstone recibió como respuesta a su artículo investigativo:

No me causó una buena impresión su artículo sobre Mike Warnke. Ustedes no han hecho más que lo que la prensa secular hace. Resulta muy doloroso lo sucedido en la vida de Mike Warnke, pero ¡ustedes realmente se han pasado de la raya! ¿Qué tal de la escritura que dice que ya sea por pretexto o por verdad, de todas maneras Cristo es anunciado?
Ustedes hablaron más de condenar a este hombre y hacerlo parecer un fraude que de decir que debemos levantarlo y orar por él. Cristo no condenó a la mujer que fue sorprendida en el acto de adulterio. ¿Acaso es diferente el pecado porque un hombre es una celebridad? ¿O qué tal de examinar sus propias vidas? Sí, señores, estoy enojado. Soy un ministro y soy blanco de críticas por algunas cosas. Ustedes apenas hablaron del perdón. ¿Por qué no enfocar completamente en levantar a un hermano en lugar de condenarlo? ¡Mediten en esto! ¿Acaso Dios los condena ahora cuando lo echan a perder todo?2

Otro lector escribió:

¿Por qué ustedes están tratando de destruir a Mike Warnke? Él ha salvado a más personas de las que ustedes puedan imaginarse. Quizá no toda su vida es lo que ustedes creen. Yo he estado en tres de sus conciertos aquí en la Iglesia Nazareno de Pismo, y dos de mis amigos y yo hemos llegado al Señor por medio de Mike. Ustedes saben que Satanás inventará mentiras para destruir a Mike porque tiene miedo de Mike. Por favor, explíquense mejor.3

La reacción de la comunidad cristiana me conmociona aun más que el fraude escandaloso perpetrado por Mike Warnke. ¿Dónde está el amor a la honestidad y el odio a la falsedad? Obviamente, si Mike está verdaderamente arrepentido, debemos perdonarlo. Pero esto no quiere decir que trataremos de encubrir su falta de honradez. No se trata de que alguien “lo echó a perder todo”. Se trata de la falta de honradez intencional, mediante la cual Warnke hizo cientos de miles de dólares. Y el caso de Mike Warnke es sólo un ejemplo.

A mediados de la década de los ochenta, mi esposa y yo administramos durante varios años una librería cristiana sin fines lucrativos. Recuerdo un libro muy popular que vendíamos titulado Crying Wind (“Viento sollozante”). El libro contiene la extraordinaria historia de una mujer indígena que se convirtió al cristianismo. El único problema es que la editorial llegó a la conclusión que su testimonio era falso, por lo que retiró el libro de circulación. Con el tiempo me enteré de que muchos de los testimonios extraordinarios e historias milagrosas que vendíamos en la librería eran completamente falsos o exagerados.

Por ejemplo, en su libro, Satan’s Underground (“El movimiento clandestino de Satanás”), Lauren Stratford ofrece su testimonio de como ella dejó una secta satánica y se hizo cristiana. En su libro, ella describe sus presuntas experiencias mientras se encontraba en esa secta. Por ejemplo, ella afirma que fue violada en varias ocasiones y que dio a luz varios niños que fueron sacrificados en rituales. Sin embargo, las personas que investigaban sus afirmaciones lograron localizar a la madre de Stratford (quien supuestamente había muerto), a su hermana que supuestamente no existía, a su ex-esposo, primos y maestros. Todos estos proporcionaron pruebas contundentes de que el libro era un fraude.4 A consecuencia de esto, la publicadora cristiana que publicó Satan’s Underground (“El movimiento clandestino de Satanás”) retiró el libro… sólo para luego cederle los derechos de publicación a otra editorial.

Estos ejemplos son sólo la punta del iceberg. La cuestión es que el cristianismo de hoy alberga una cultura mentirosa. El engaño y la falsedad parecen estar adheridos a la propia alma de la Iglesia institucional. Probablemente no tenga que decir nada de los tele evangelistas, ya que sus fraudes y vicios son bien conocidos. No obstante, pareciera que hasta algunos evangelistas del púlpito han aceptado el principio de que la deshonestidad puede usarse para el progreso del mensaje de Cristo.

Por ejemplo, incluso evangelistas muy respetados a menudo colocan a miembros de su equipo entre su audiencia. Luego, cuando se hace el llamado al altar, los que han sido colocados entre la audiencia se levantan y pasan al frente, fingiendo ser nuevos conversos. La idea es que esto hará más fácil para los verdaderos conversos levantarse y pasar al frente también. Es decir, el fin justifica los medios.

Pero ese es el sistema de valores del mundo. En el reino, los medios por los cuales hacemos algo son tan importantes como el fin que alcanzamos. Nunca usamos los medios del mundo para lograr los propósitos del reino. ¿Cree usted que Jesús colocaba impostores entre su audiencia?

La cultura de la falta de honradez en el cristianismo institucional brota en todas partes. Muchos evangelistas se valen de toda clase de artimañas para poder presentar informes de grandes cantidades de conversos a sus patrocinadores. Los cristianos laicos exageran y adornan sus testimonios para ajustarlos a algún ideal preconcebido.

La farsa de la sanidad milagrosa

Pero probablemente en ningún campo de la iglesia está tan de moda la cultura de la falta de honradez como en el campo de la sanidad milagrosa. Jesús y sus apóstoles sanaron a los enfermos. De hecho, la sanidad estuvo siempre muy ligada al mensaje del reino. Y estoy seguro de que Jesús todavía hoy sana a las personas. Sin embargo, el ministerio de la sanidad también está plagado de impostores.

Imagínese la siguiente escena: Un evangelista con un ministerio de sanidad se encuentra frente a una gran multitud. Él camina hacia donde se encuentra una ancianita sentada en una silla de ruedas, y en voz alta le ordena: “¡Póngase de pie y camine!” Lentamente, la señora empieza a ponerse de pie. Sus piernas débiles y temblorosas empiezan a sostenerla mientras ella todavía se apoya en su silla de ruedas. Al fin, se separa de la silla de ruedas y se para por sí sola. Un jadeo ahogado recorre el público entusiasmado y el auditorio retumba con gritos de alabanza. Pero luego sucede algo aun más asombroso. ¡La mujer da un paso lento, y luego otro, y aun otro más! Para entonces, todas las personas están agitando sus manos y gritando alabanzas al Señor. ¡Ha sucedido un milagro!

¿Será cierto? La mayoría de las personas no se dan cuenta de que muchas de las personas en sillas de ruedas, tal vez la mayoría de las personas en sillas de ruedas, pueden caminar. Mi madre está bien avanzada en los ochentas y puede caminar bien, aunque un poco despacio. Sin embargo, cuando estamos en un hospital o un centro comercial grande donde tendríamos que caminar bastante, generalmente le conseguimos una silla de ruedas. De esta manera, ella no se agota por la caminata. Si alguien viera a mi madre levantarse de una silla de ruedas y caminar, podría pensar que está presenciando un milagro, pero realmente no es así.

Lo mismo pasa en las campañas de sanidad. Que un sanador le ordene a una persona en una silla de ruedas que se levante y camine no es más que una farsa, a menos que el sanador sepa sin duda que la persona en la silla de ruedas no puede caminar.

Pero algunos sanadores de renombre han llevado más lejos el fraude de la silla de ruedas. En la década de los ochenta, los evangelistas sanadores W. V. Grant y Peter Popoff tenían ujieres que proveían sillas de ruedas para muchos de los ancianos que habían entrado en el auditorio por sí solos. Estas sillas de ruedas eran todas del mismo color, modelo y marca. Luego los ujieres llevaban a estas personas en las sillas de ruedas al frente del auditorio. De esa manera, los sanadores sabrían con certeza que las personas en esas sillas de ruedas podían caminar, pues todos ellos habían entrado en el auditorio por sí solos. Sin embargo, con toda deshonestidad, estos sanadores invitaban a aquellas personas a pararse y caminar, y luego fingían que había sucedido un milagro. W. V. Grant incluso se sentaba en las sillas de ruedas y hacía que estas personas “sanadas” lo empujaran por los pasillos para provocar las ovaciones de los espectadores.5

No satisfecho con esa farsa, Peter Popoff hacía que su esposa Elizabeth se sentara y conversara con algunos miembros del público antes que comenzara el programa. Ella tomaba apuntes minuciosos y luego abandonaba el auditorio para internarse en un tráiler que estaba cerca de allí. El tráiler estaba equipado con un circuito cerrado de televisión y un radio transmisor. Su esposo se ponía un radio receptor muy pequeño en su oído, imperceptible para el público. Mientras observaba en una pantalla lo que ocurría en el auditorio, Elizabeth Popoff guiaba a su esposo hacia distintas personas del público y le decía sus nombres, el lugar donde vivían y la enfermedad que padecían. Él entonces fingía que estaba recibiendo una revelación de Dios mientras caminaba por los pasillos, gritando nombres y direcciones de personas que Dios sanaría esa noche. Finalmente, él fue desenmascarado ante la televisión nacional, pero aquello no apagó su campaña.6

La parte más triste del fraude Grant-Popoff es que fueron los agnósticos los que desenmascararon a estos dos conocidos charlatanes. Debieron haber sido los cristianos los que los denunciaran. Pero, como dije antes, el cristianismo moderno alberga una cultura de falta de honradez. Algunos cristianos no desean desenmascarar los milagros fraudulentos. Desesperadamente desean creer que estos milagros son verdaderos, porque normalmente estos hacedores de milagros de hoy día predican un evangelio de prosperidad sin mucho discipulado. Y sus “milagros” vienen a ser una supuesta evidencia de la autenticidad de su evangelio.

Sin duda, serán estos mismos hacedores de milagros y sus patrocinadores los que le dirán a Jesús en el día del juicio: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7.22–23).

Así que, según Jesús, ni la ausencia ni la presencia de milagros prueba nada en cuanto a la condición de una persona con Cristo. Milagros genuinos han ocurrido por medio de cristianos auténticos, y milagros genuinos han ocurrido por medio de cristianos falsos. Pero ningún milagro falso jamás ha sido llevado a cabo por medio de un cristiano auténtico. Los milagros genuinos no prueban que alguien está bien delante de Dios, pero los milagros fraudulentos prueban claramente que Cristo no respalda el ministerio de esa persona. Cristo nunca obra por medio de la corrupción y el engaño.

Notas finales

1 Mike Hertenstein y Jon Trott, “Selling Satan: The Tragic History of Mike Warnke,” Cornerstone, Tomo 21, número 98 (1992).

2 “The Cornerstone Series on Mike Warnke,” http://www.cornerstonemag.com/features/iss098/warnke_index.htm.

3 “Cornerstone Series.”

4 Bob & Gretchen Passantino y Jon Trott, “Satan’s Sideshow: The True Lauren Stratford Story,” http://www.cornerstonemag.com/features/iss090/sideshow.htm.

5 James Randi, The Faith Healers (Buffalo: Prometheus Books, 1989)105–106, 150.

6 Randi 146–153.

Leer Capítulo 7 -- Las leyes del reino sobre el matrimonio y el divorcio

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